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Claro que esta no es la Europa que nos gusta, que queremos. Pero es la única que hay y por eso tenemos que mejorarla, no volver a la larga noche de piedra…

En un memorable artículo, tres de nuestros intelectuales más preclaros advierten del peligro que supondría una España fuera del euro, alejada de Europa. Lo resumen con una frase que es como una sentencia: volver a la España de los cincuenta.

Claro que esta no es la Europa que queremos, pero es la que tenemos y por, lo que tanto, luchamos, pues era el espaldarazo democrático a un país que, enrocado en su democracia orgánica, envolvía sus carencias bajo el slogan de “España es diferente” y repetía aquello de “que inventen ellos” mientras cien familias (hay un libro que las señala con nombres y apellidos) campaban en lo que entendían que era su finca particular y el botín de los que habían ganado una guerra incivil que nace ¿habrá que repetirlo otra vez? de un golpe de Estado.

Es cierto que España necesita a Europa y que la comunidad europea no puede prescindir de España, pero no hagamos trampas en el solitario

Hay que abandonar el populismo y dejar de acusar a Bruselas de todos los males, minimizando todo lo que supuso, para bien, la entrada en el selecto club.

Las recetas para un nuevo impulso regenerador pasa, en opinión de los tres catedráticos que firman el artículo al que me refiero y del que es deudor este comentario, por “un nuevo Gobierno, con apoyo de todos los partidos, compuesto por políticos y técnicos competentes e intachables que reconstruyan la confianza de inversores extranjeros, contribuyentes españoles y socios europeos”.

“Ganada esa confianza hay que plantear a los socios europeos la necesidad de una ayuda al sistema financiero, lastrado por la burbuja inmobiliaria a cambio de un control de los bancos rescatados y de un sistema regulador común”, continúa.

Es cierto que España necesita a Europa y que la comunidad europea no puede prescindir de España, pero no hagamos trampas en el solitario pues, además de dar la nota, rebajamos no solo nuestro crédito sino que perdemos (ahí están las críticas del Banco Central o de Bruselas) la confianza que merecemos como país.

No queremos, no podemos, volver a la España de los cincuenta: la de los caciques que, en aquellos años grises como el plomo, mantenían una economía cerrada donde imperaba el estraperlo, mandaba la incuria y la inteligencia se espantaba a golpes de hisopo.