Patriotas europeos de pacotilla con DNI español
Hace falta tener un don especial para conseguir que Partido Popular, PSOE, Bloque y hasta AGE se unan en contra de una medida. Y ese ser tan único en el mundo es Joaquín Almunia, el vicepresidente de la Comisión Europea y, a la sazón, responsable último de la cartera de la Competencia.
Pues este hombre, a cuenta del tax lease ha logrado que de derecha e izquierda le lluevan bofetadas, hasta su propio partido ha salido a la palestra para pedirle que, por dignidad torera, renuncie a ese cargo tan jugoso que ocupa en Bruselas y que, a costa de dietas, ha terminado por ablandarle el seso hasta el punto de que se ha olvidado de cuál es su nacionalidad.
Y es que este señor es tan cenizo que hasta cuando el PSOE lo eligió para ser sucesor de Felipe González, va él y pierde unas absurdas primarias con Borrell y, a la segunda, cuando sí consigue ser el cabeza de cartel, la formación obtuvo uno de los peores resultados de su historia, al caer en 125 diputados, lo que le obligó a presentar de inmediato su renuncia y buscar más allá de los Pirineos su vida.
Está claro que no tiene que sentir mucho amor por un país que lo condenó a ser líder de la oposición en dos tramos diferentes de un único año de duración cada uno y que, sistemáticamente, le ha dicho en las urnas que no quiere saber nada de él. Así pues, detrás de la decisión de hacer devolver las ayudas recibidas (al contrario de lo que se determinó para Francia, por ejemplo), no hay más que odio y venganza contra una ciudadanía que está deseando que vuelva a optar a algún puesto para volver a vapulearlo en las urnas.
El problema es que, con su arbitraria decisión condena a la desaparición a uno de los pocos sectores productivos que quedan en este país y, de paso, agudiza un poco más la brecha del desempleo en toda la cornisa cantábrica. Galicia, Asturias y Euskadi, junto con el Gobierno central, pretenden que dé marcha atrás y tras el plante a la delegación que pretendía entrevistarse con él, ahora parece que recapacita y deja abierta una pequeña puerta a la esperanza.
El problema es que nadie se imagina a un comisario francés arremetiendo contra el vino de Burdeos, ni a uno alemán cargando contra la cerveza o el codillo, ni tan siquiera a uno italiano condenando al sector de la moda al cierre. Estos patriotas europeos de pacotilla que tanto abundan en Bruselas tienen todos DNI español y con demasiada frecuencia se olvidan de que están donde están por una cuota territorial que tendrían que defender con uñas y dientes en lugar de preocuparse más por cobrar a fin de mes o acudir de ponentes remunerados a un ciclo de conferencias.
