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Adiario se habla de fuga de capitales, rescates financieros, ingeniería contable, falsificación documental, etcétera, etcétera. En fin, de una corrupción generalizada. Pero generalizada o no, las imputaciones por tales causas continúan creciendo cada día.
En este país casi siempre la honestidad fue la excepción y la deshonestidad la regla; sin embargo, lo que está ocurriendo en la actualidad nunca se había visto anteriormente.
Todo empezó en los años 80, cuando se desreguló la ley del suelo. Los ayuntamientos empezaron a calificar y recalificar espacios “urbanizables” –y los que no lo eran también–. Con lo cual, muchos políticos locales salían forrados cuando terminaban sus mandatos, además de dejar grandes chiringuitos montados para emplear amigos y familiares. Decenas de ayuntamientos, especialmente los costeros, se habían convertido en generadores de dinero “fácil”. Dinero proveniente de constructoras y promotoras urbanísticas.
En época “dorada” eran pocos los municipios sin deudas. A pesar de ello los gobiernos locales continuaban endeudándolos todavía más. Hasta que un día apareció la crisis. De pronto los alcaldes se encontraron con las cajas vacías. La diferencia entre un casino y un ayuntamiento es la siguiente: cuando el primero produce pérdidas se cierra y al segundo se le fusiona con otro ayuntamiento. El final el resultado es muy parecido.
No debería de extrañarnos lo que está ocurriendo, puesto que no deja de ser una consecuencia directa de la “cultura del pelotazo” creada en los años 80 y que llegó a su cenit antes de que estallara la actual crisis; no es por casualidad, que en los tiempos en que “don ladrillo” era el referente económico carpetovetónico, los aspirantes a concejales o alcaldes, en fechas electorales, querían estar en los puestos de salida de las listas de sus respectivos partidos. Tampoco es por casualidad que en esa época los partidos se llenaran de adláteres, oportunistas, chupópteros, churrulleros y toda una legión de golfos.
Pero todo llega a su fin. En los años anteriores a la crisis el crecimiento en la eurozona, especialmente en España, era superior a la deuda que se iba generando. Por consiguiente, ningún gobierno municipal se preocupaba por seguir endeudándose.
Pero al caer el crecimiento (¡a negativo!) y cerrarse el grifo crediticio, empezó nuestro particular Calvario.
En este país se miente mucho. De hecho la mentira no está mal vista, pues no tiene repercusiones políticas graves. O si las tiene, los daños colaterales son mínimos para la clase política.
No hace mucho que el gobierno de Rajoy afirmaba que el crecimiento iba a empezar en el segundo semestre del 2013. Pero hace unos días, cambiando radicalmente de opinión, se desdijo, asegurando que empezaremos a crecer el próximo año.
Todo el mundo sabe que nuestro famoso crecimiento estaba basado en el ladrillo y sus derivados. Por lo tanto, no era sostenible. Incluso sin la crisis sobrevenida. Ningún político ni partido quería ver que un día tendríamos un grave problema. Incluso ZP –en uno de sus famosos exabruptos– decía que nuestro PIB había superado al italiano y que pronto estaría igualando al francés.
Hoy tenemos la construcción paralizada y sin posibilidad de recuperación. Incluso, aunque se recupere algo –¡esperemos que aquella locura nunca regrese!– no resolvería el problema del paro.
Por consiguiente, es prácticamente imposible que una buena parte de esos seis millones de parados tengan la posibilidad real de volver a trabajar en este país. Pero incluso, situándonos en el mejor de los escenarios posibles, es decir, que llegara a registrarse un crecimiento cercano al 1.5% en el 2014/15, tampoco sería suficiente para generar empleo.
Si en los próximos diez años hubiera algún crecimiento razonable, que pudiera generar 1 ó 2 millones de puestos trabajo, lo cual es casi imposible basados en la industria que tenemos, seguiríamos teniendo unos cuatro millones de parados condenados a perpetuidad. Las perspectivas son pesimistas. La economía de casino nos ha salido demasiado cara en este país.