OBSESIONES SOCIALISTAS
Comentaba en cierta ocasión el profesor de Historia de las ideas y de la vida política Arranz Notario que los genes del socialismo español no son reformistas. A su juicio, ni siquiera el abandono del marxismo, la implosión del comunismo o la necesidad de reelaborar el modelo socialdemócrata han servido para desarraigar la propensión endémica hacia las posturas antisistema y las retóricas de captación de las políticas revolucionarias.
A lo largo del tiempo –recordaba– ha habido no pocos intentos de persuadir al socialismo para que abriera el ángulo de su conciencia histórica y para que integrara en ella lo más posible de la herencia liberal de izquierdas. Pero su vocación revolucionaria, nunca cuestionada, lejos de atenuarse, se exacerbó en la segunda República, mientras que el socialismo humanista de De los Ríos o el marxismo evolucionista de Besteiro nunca orientaron realmente la política del PSOE.
Estos fueron hombres de empaque intelectual, socialistas respetados, pero políticamente marginales. Más contaron personajes como Negrín y los largocaballeristas. La trayectoria de gobiernos del Frente Popular durante la guerra civil fue el resultado de esa inexistencia previa de vía socialdemócrata en el socialismo español. Ya los episodios anteriores de 1934 lo presagiaban así.
Y así siguen en el fondo, aunque las formas –menos mal– sean otras. Lo hemos visto estos mismos días, cuando en el seno de importantes órganos de decisión se han impuesto “los duros” del partido frente a supuestas líneas de colaboración o consenso con el Gobierno en momentos tan complicados como los presentes. Con una mano dicen querer colaborar, pero con la otra desmienten sistemáticamente sus propósitos.
Al rebufo de los comunistas, han zarandeado a la Iglesia católica centrando en ella una campaña para el pago del IBI, impuesto del que está exenta al igual que las demás confesiones religiosas y varias instituciones más. Y ello a pesar de la colaboración social que la Iglesia siempre ha prestado y que muy especialmente presta hoy día en medio de la crisis y de las incertidumbres económicas.
Por otra parte, han aprovechado el caso Urdangarín para poner la monarquía a los pies los caballos. Y a través de sus pactos con el nacionalismo el zapaterismo reciente ha centrifugado al Estado hasta dejarlo poco más que en los huesos.
Tenemos, pues, un socialismo que apenas ha evolucionado con el paso del tiempo. Sus grandes obsesiones siguen siendo la Iglesia católica, la forma republicana de Estado y el modelo territorial federalista. Si hoy se abriera de nuevo “el melón” de la reforma constitucional, tengo para mí que en los grandes capítulos mencionados el discurso de la bancada socialista no diferiría sustancialmente del habido hace más de treinta años durante la elaboración de la Constitución actualmente vigente. Por no irnos, por supuesto, más allá en el tiempo.
