TANGO
En el Rosalía, ciclo principal, la compañía Sarabela Teatro ofreció tres representaciones de “Tango”. Esperpéntica, absurda y dialéctica pieza teatral de Slawomir Mrözch. Los pasos del baile final dimensionan las interrelaciones de los miembros de una familia que, también, se extrapolan a la sociedad en general. Una disección trágico-cómica que se prolonga en clave de farsa extravagante.
¿Puede justificarse la anarquía como forma de vida? ¿El caos sirve para aglutinar estridencias y contradicciones? Las preguntas saltan ante el planteamiento sofístico. Ni los mismos anarquistas, salvo aquellos aislados en soledad absoluta, viven sin algún tipo de normativa. Y el autor además deja muchos cabos sueltos. ¿De qué vive esta familia? ¿Cómo pueden soportar su vacío radical? Aún admitiendo que sean criaturas amorales no alcanzamos a comprender su nihilismo de certeza, no solo irreal sino ontológica. Tal paranoia supera con creces la hermenéutica argumental o el simple divertimiento de un diálogo platónico. Ninguno de los roles exhibidos se mantienen: abuela, matrimonio, amante extranjero, tía urdidora, hijo con novia que lucha por asesar a los suyos. Atmósfera delirante que pretende retratar un carácter.
Alineación. Enigmas. Dramatismo heterodoxo. Creadores que muestran objetiva negación. Ánxeles Cuña Bóveda con inspirada batuta mantiene el caos a base de armonía ensamblada, luz, efectos especiales, espacio sonoro y música. El elenco cumple con la partitura. Bien Fina Calleja en la estridente abuela; ajustado Vicente de Souza en el macarra asesino; retador hijo mesiánico Fernando Dacosta; redondo, circunspecto e irónico Lino Braxe como padre; precisa y alocada esposa Sabela Gago; bien en su apariencia inofensiva Elena Seijo con veneno de alacrán y, por último, Nate Borrajo como simpática e injustificadísima novia contradictoria.
