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Resulta que las fobias, al igual que otras muchas cosas, también tienen su cuota de moda. La última tendencia, en lo que a sufrimiento psicológico se refiere, viene siendo el miedo escénico. Aquello de lo que se presumía en el Santiago Bernabéu, a favor, parece que se vuelve en contra precisamente de quienes deberían hacer del escenario su medio elemento. Al igual que las muertes de famosos, que no vienen nunca solas, las angustias del artisteo también se cuentan a pares. Primero fue Pastora Soler, que cayó fulminada ante el público y se asustó tanto que decidió retirarse de los escenarios hasta que se le pase el acongoje y, a continuación, fue Joaquín Sabina, que tuvo que decir “pasapalabra” en medio de una actuación por un jamacuco similar al de la tonadillera.
Que un artista sienta miedo escénico es algo tan extraño como Papá Noel declare que su fiesta preferida es Carnaval o que Cristiano Ronaldo pida que le pongan de portero.
Nada que ver con los simples mortales, esos que no salen en las revistas y que sudan solo con pensar en tener que hablar ante un auditorio de una docena de personas, pero entre las estrellas son mayoría los que declaran que estar ante el público es el subidón que más les pone de su carrera. Y eso, en algunos casos, es decir mucho. No veo yo a Bruce Springsteen, a sus 66 castañas, apeándose de un concierto por no poder soportar la presión de estar ante 100.000 pares de ojos. Más bien al contrario, en cada ciudad parece querer batir su propia marca, que supera ya las cuatro horas sin pausa de darlo todo ante el respetable.
Por si se lo preguntan, esto del miedo escénico tiene cura. Los psicólogos recomiendan seguir actuando para que el hecho de sufrir vergüenza torera no impida volver a coger el toro por los cuernos. Lo que le toca a cualquiera que, por ejemplo, tiene un accidente y necesita desplazarse en coche para poder trabajar.
Al final, lo que importa es lo que piensa el público. En el caso de Sabina, división de opiniones entre quienes pedían comprensión y quienes pedían el dinero. Dar un concierto no deja de ser un compromiso con los fans, que requiere una preparación física, artística y parece ser que también psicológica para evitar aquello que decía Enrique Urquijo de volverse vulgar al bajarse de cada escenario.