Por el libriño...
Hace años, a estas edades a uno ya no le gusta recordar cuantos, un pequeño grupo de compañeros de promoción vivíamos un momento especial en nuestra carrera profesional.
Era una situación agridulce; ya con el título de Capitán esperábamos de un momento a otro poder mandar buque.
Aunque éramos conscientes de que la Marina Mercante Española, ante la desidia gubernamental, se desmantelaba día a día y sabíamos que muchos de nosotros acabaríamos siendo carne de la emigración navegando en buques de bandera de conveniencia.
En el grupo destacaba y casi brillaba como una estrella, un personaje en especial que entre otras cualidades tenía la de ser algo más joven que el resto y además había sido el número uno de su promoción. Era como se dice ahora “joven y preparado”
Estas circunstancias más el “hecho diferencial” de haber estudiado en otra universidad las resaltaba con frecuencia. También con cierta frecuencia nos hacia el favor de darnos consejos, aun sin pedirlos, que todos agradecíamos “muy sinceramente”
En uno de sus comentarios, respecto a su futuro mando, afirmaba que su navío cumpliría estrictamente todas las normativas y reglamentos internacionales vigentes y en consecuencia, entre otras medidas, adoptaría la de eliminar los gastos de representación que suponían los presentes que en todo barco se daban a las autoridades a la llegada a puerto.
Aunque la mayoría, teniendo en cuenta las cifras que se manejaban en el negocio marítimo en general, consideraba el ahorro totalmente testimonial, el hombre insistía en que en tiempos de crisis –recordemos que en España siempre estuvimos en crisis– eliminar gastos era fundamental y un apoyo a la maltrecha economía de la naviera.
A los pocos meses de asumir el mando nuestro colega procedía al puerto de Hamburgo para estibar un cargamento completo de mercancía general con destino a un país árabe.
Salvadas las singladuras, ya atracados y preparando la apertura de bodegas para comenzar la descarga en el puerto de destino –como de costumbre– unas diez personas subieron a bordo.
Generalmente se sospechaba que autoridades serían cuatro o cinco y el resto amigos o familiares que se unían a la comitiva.
Fiel a sus principios, a pesar de las presiones, nuestro protagonista se mantuvo firme, gestionó la siempre exagerada documentación pertinente e insistió en no hacer agasajos. Finalmente la autoridad abandonó el buque y el Capitán se sintió satisfecho.
Pasadas pocas horas aparecieron dos furgonetas con unos 20 hombres uniformados.
¡Capitán! Registro aduanero –anunció la persona al mando–. Recibida la noticia con consternación, nuestro hombre se tranquilizó y mantuvo la confianza, al fin y al cabo su buque estaba “en regla” y en perfectas condiciones de navegabilidad.
Después de horas de registro de todos los rincones, bodegas, por supuesto incluyendo camarotes, con el consiguiente trastorno de la tripulación, que tenía que vigilar sus propias pertenecías para que no desaparecieran, la revisión llegaba a su fin en las dependencias de la cocina y gambuza.
¡Capitán! Aquí hay vino fuera del sello, no precintado.
¡Claro! El de consumo diario en comidas y cenas de la tripulación afirmó.
¡Capitán! En nuestro país las bebidas alcohólicas están prohibidas.
Prácticamente con lo puesto y sin poder ir al baño nuestro protagonista ingresaba en prisión.
Como las dificultades nunca vienen solas, al otro día, por necesidades de organización portuaria, el buque debía cambiar de muelle.
El primer oficial tomó el mando, con la poca fortuna en la maniobra de abordar a otro atracado lo que le provocó un ataque de ansiedad.
Finalmente la naviera asumió gastos extra enviando relevos para capitán y primer oficial y repatriando a los anteriores.
La “semana de vacaciones” de nuestro “preparado” compañero, además de intensas negociaciones para su liberación, costó 60.000 dólares USA de la época.
También hubo que atender las reclamaciones del buque abordado y gastos de reparación de daños ocasionados en el nuestro, así como asumir retrasos en las operaciones de la descarga y siguiente flete.
Alguno de nosotros, sabiendo las condiciones carcelarias de la zona, intentó sin éxito, ponerse en contacto con el sufrido compañero para interesarse por su estado, darle ánimos y ¿por qué no? continuar escuchando sus valorados consejos.
A la hora de poner apodos, parte del grupo -–éramos más de un ferrolano– propuso: “el cagarrón”. Finalmente hubo condescendencia y le quedó: “Por el libriño…”.
