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Ultimamente nos pasamos el día rasgándonos las vestiduras, aunque sea en sentido figurado, y no es que no haya motivos para hacerlo, que los hay y abondo; lo que ocurre es que hay mucho fariseo de los que ve la paja en el ojo ajeno y no la biga en el suyo, también hay mucha podredumbre oculta. Pero los fariseos de hoy frente a los de antaño han dado un paso más en su actitud de “sepulcros blanqueados”, han hecho del fariseísmo una profesión. Los mayores defensores de lo políticamente correcto y de la tolerancia cero, suelen tener una idea de su propia moralidad bastante peculiar; eso si es que llegan a tener alguna. Ya de por sí hablar de moralidad en esta sociedad de utilidades y apariencias puede resultar hasta fuera de lugar. Cuando algunos de nuestros próceres y representantes públicos salen a la palestra para realizar una u otra denuncia, se tiene la impresión de estar ante un oportunista: alguien que además de no creer en nada de lo que dice, siempre que puede práctica lo contrario o protege a los que lo hacen, si resultan ser de su bando.
Allá cada uno con su conciencia y con sus actitudes, en el fondo el cinismo, como la hipocresía, son formas sustanciales de sociedades en las que, como la nuestra, los únicos valores reales son el éxito y el poder a cualquier precio, aunque para eso haya que aparentar lo que no se es. Es más, hay que aparentarlo casi por obligación, pues si la mayor parte de nuestros “servidores públicos” fueran lo que intentan aparentar, por ejemplo capaces y honrados, tendrían que reconocer los méritos y capacidades de otros. Pero no, lo que prima es el juego sucio y el escándalo farisaico, sin que en realidad haya ningún interés porque acabe triunfando la moralidad y el bien público.
Siempre habrá espabilados y oportunistas que alcancen cierto éxito en todas las actividades humanas, aprovechados que juegan sucio, como tantas veces ha ocurrido últimamente por desgracia en el mundo del deporte. Pero lo realmente triste es que los arribistas de toda la vida vayan de santos y redentores, denunciando la intransigencia y la maldad de los demás, mientras ellos se dedican al acoso y derribo de quienes se les ponen en su camino, ocultando sus propias miserias.
Desde luego no se trata de ir por ahí, como Diógenes, buscando “hombres honestos”; resultaría suficiente con que, quienes no lo son, supieran que no somos tontos ni comulgamos con ruedas de molino. Convertir la vida pública en un infierno, soliviantando problemas y males que no se quieren solucionar, como táctica política, es un rasgo de fariseísmo. También es la forma de que los incompetentes se perpetúen en el poder o puedan continuar aspirando a conseguirlo, que en el fondo es lo único que les interesa.