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Sorprende bastante, por lo menos a mí, la gran diferencia que suele existiren algunas de las encuestas o sondeos de opinión que se realizan periódicamente, entre las intenciones de voto a determinados partidos y la valoración de sus líderes. Efectivamente, los políticos menos valorados acaban siendo los más votados o, por lo menos, sus agrupaciones; mientras que líderes más o menos apreciados no consiguen representación. Desde luego es un tema muy matizable, que tiene que ver bastante con nuestro sistema electoral que propugna el voto a la tendencia más que a la persona. Sin embargo no creo que sea este el único problema de la distorsión que supone adherirse a unas convicciones y sentir cierta aversión o por lo menos insatisfacción por quienes las representan.
Se puede pensar que nos faltan buenos líderes, que la política, salvo excepción, tal y como está planteada no atrae a los más brillantes, por lo que al final nos conformamos con lo que tenemos y votamos tapándonos la nariz.
Pero también puede ocurrir que tengamos una visión algo distorsionada de lo que es un verdadero líder, y esperemos más de lo que realmente se necesita para acabar siendo un buen gestor o un buen político. Por otra parte, por lo general, alabar a alguien es más difícil que reprobarlo, y  una encuesta sobre personas concretas no deja de ser una oportunidad para echarle la culpa a alguien, o sea paraseñalar a los culpables de nuestros desengaños y frustraciones.
Esta puede ser una de las razones por las que casi ningún político, sea del signo que sea, suele salir bien parado de las encuestas. Desde luego, además de haber excepciones, protagonizadas por algún que otro ministro eficiente o líder ocasional, dentro de las bajas calificaciones también puede haber diferencias reseñables, que hacen todavía más sorprendente el contraste que se suele dar entre la importancia del personaje y su baja valoración.
Un presidente de gobierno lo tiene difícil, pues el poder tan codiciado no deja de desgastar y poner  de manifiesto la verdadera capacidad de las personas. En cambio, los líderes opositores, sobre todo si son nóveles, todavía pueden ser objeto del beneficio de la duda.
A veces pienso que cuanto más lejos esté de poder alcanzar el poder un político, incluso por lo utópico e irrealizable de sus propuestas, mejor valorado será en los sondeos de opinión.
En definitiva, una encuesta no es una votación y los condicionantes entre una y otra son muy distintos pues, por decirlo de alguna forma, las primeras son gratuitas y su resultado no tendrá la misma incidencia en nuestras vidas que las segundas, por eso estamos dispuestos a ser incoherentes y negativos.
El problema radica en si, al final, no sabemos distinguir lo que queremos realmente en uno u otro caso.