Premios de serenísimo patronato
Llegados a cierta edad, a los seres humanos se nos da por el asociacionismo. Son muy populares las peñas deportivas y gastronómicas, ciertamente. Pero hay algunas que también tienen mucha aceptación y que podríamos llamar “ceremoniosas”. Estas consisten en materializar fantasías, generalmente infantiles, aviándose con capas, sombreretes, capuchones, capirotes, báculos y toda clase de adornos que le confieren al asunto un aire solemne. Las hay a manta. Se intitulan serenísimas, nobles, muy nobles o venerables órdenes de esto o aquello.
El caso es huir circunstancialmente de la potajera realidad formando parte de lo que se supone ha de ser un exclusivo club con efluvios místicos. Algunos quieren pasar por druidas o por templarios. Hay masones y capillitas, o seguidores de Satán, que matan gallinas y trasiegan brebajes. Por ahí resoplan caballeros, comendadores, maestres y gran maestres que se aplican con entusiasmo cuando son llamado a capítulo aviados como fantoches dando rienda suelta a sus embelesos. En realidad, de lo único que se trata es de entregarse sin reservas a la comida y a la bebida dándose al tiempo publicidad codeándose con el poder, el dinero o la fama. Para el caso se nombra un miembro honorario. Conditio sine qua non es que éste sea un personaje popular, alguna personalidad del campo de la política, el espectáculo, el deporte (o una jamona que salga en televisión).
En ese día luminoso todo discurre según los cánones hasta desembocar en el momento culminante: la foto. Es ahí cuando aparecen como moscas decenas de cofrades (y gorrones) circundando al famoso de turno en un tumulto de codazos, pisotones y excusas, estirando el cuello hasta el esguince cervical. Hieráticos o sonrientes, pálidos o sonrosados para la posteridad como angelotes barrocos aleteando alrededor de una inmaculada de Murillo. Todo esto ante la mirada severa del maestro de ceremonias y sus acólitos, que hacen valer su grado en la encomienda espantando disimuladamente a los intrusos y apretujándose subrepticiamente contra el famosete con muecas de complicidad, mohines fraternales y palmaditas en la espalda, imposibles para ellos en otro caso y escenario so pena de recibir un mamporro de los miembros de seguridad del homenajeado. Al final, todo el conjunto se asemeja a un puñado de percebes.
En realidad, en una francachela de estas lo de menos son los méritos del personaje popular. Lo fundamental es, simple y llanamente eso: que sea famoso. Así, la entrega de un galardón por parte de cofradías, órdenes, instituciones o patronatos tiene como único objetivo premiarse a sí mismos, de auto homenajearse en una carnavalada patinada de solemnidad y trascendencia.
Y que que quede claro que en absoluto me he referido a los Premios Príncipe de Asturias.
