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Algunos opinan que es difícil oponerse a los poderes fácticos desde la política, que los verdaderos cambios vendrán de los acontecimientos históricos. Incluso que podrían venir de la mano de las propias contradicciones del desarrollo tecnológico.
Desde luego, no estamos ante el fin de la historia. Ni siquiera de las ideologías, como pronosticó Francis Fukuyama cuando cayó el comunismo. La idea de luchar contra la injusticia, de construir un mundo mejor, siempre estará presente. Es algo inherente al ser humano. Por lo tanto, seguirán apareciendo nuevas propuestas, nuevos programas, nuevos proyectos políticos. Es una constante histórica.
Estamos en una época de transición, de grandes transformaciones que se están reflejando a nivel global. Los cambios no se producen solamente en el ámbito económico, también están ocurriendo en el científico, tecnológico, industrial, militar, en realidad en todos los sectores.
Estamos ante una revolución tecnocultural profunda. Tanto, que está modificando las diferentes maneras de vivir, incluso está alterando los comportamientos personales y familiares, las formas de disfrutar del tiempo libre, de comunicarse, de interaccionar con los demás.
Curiosamente, todos estos cambios están ocurriendo al mismo tiempo que se devalúa la democracia y las instituciones que emanan de ella.
Los intereses generales han dejado de ser relevantes para convertirse en rehenes de una minoría; el poder real ha sido transferido a una élite que lo controla todo (finanzas, banca, medios de comunicación, etc.).
Los partidos que se alternan en el poder sólo se limitan a obedecer el “diktat” de ese pequeño grupo, que se expresa a través de lobbies financieros, amenazas económicas, compra de voluntades políticas, etcétera.
Es obvio que la democracia está en peligro, hace tiempo que lo está. El dinero es el que habla, el que imprime, el que radia, el que reina, como decía Bernard Shaw acerca de la plutocracia.
Esto hace que en algunos países occidentales, entre ellos el nuestro, el bipartidismo empiece a resquebrajarse. Durante largo tiempo, sobre todo desde que finalizó la II Guerra Mundial,  el bipartidismo proporcionó estabilidad política, mayormente en la etapa de la Guerra Fría.
Incluso evitó convulsiones sociales y cambios de régimen. Pero hoy el bipartidismo está pasando por una fase de descrédito que no se había visto desde la década de 1920. El número de ciudadanos que no se siente representado dentro del esquema político tradicional sigue aumentando. Lo que sucede en Grecia, Francia y España es un ejemplo.
El ciudadano de a pie percibe que la alternancia en el poder de los partidos clásicos no arreglan su situación, con lo cual su desencanto tiene efectos multiplicadores. Además, contempla impotente que no son los políticos los que mandan, sino los grupos que se dedican a especular en la bolsa.
Una tropa que no crea puestos de trabajo, pero que es maestra en el arte de empobrecer países, de hacer ingeniería financiera, de mover acciones de un lado para otro, haciéndolas subir o bajar a su conveniencia, de vender dinero virtual.
El hombre de la calle se está dado cuenta que los políticos de la vieja partidocracia tienen que gobernar para esos grupos, que además financian sus campañas electorales concediendo créditos “blandos” a sus partidos, sospechosamente sin ningún aval. Aunque esto último no les preocupa a esos grupos, saben perfectamente que una vez que el partido de turno llegue al poder pondrá parte de los recursos del país a su disposición. Ese es el mejor aval.
Así que, el ciudadano piensa, además con mucha lógica, que los cambios no pueden venir de partidos que están entrampados con esos grupos.
Sin duda, los ciclos históricos siempre guardan cierta relación entre sí. El actual proceso (la revolución tecnológica) se parece al de la Revolución Industrial, en el cual nacieron nuevos partidos y organizaciones obreras que con el tiempo destronarían del poder a la vieja y corrompida partidocracia, que sólo representaba los intereses de la nobleza y la aristocracia.