CENA EN PALACIO
Mientras los afectados por las preferentes incomodaban a los ediles peperos por la variopinta geografía gallega, mientras los desahuciados vociferaban y alteraban la idílica paz de los seguros y estables hogares de otros tantos políticos populares, mientras los tenaces trabajadores de Navantia volvían a reclamar carga de trabajo para los astilleros españoles y para los ferrolanos muy en particular, mientras ciudadanos y profesionales sanitarios claman, gritan y se desesperan en defensa de la sanidad pública, y mientras, en fin, tenemos el país hecho unos zorros y a los ciudadanos sufriendo un proceso de empobrecimiento general nunca visto que agranda como nunca las desigualdades sociales, mientras todo esto pasaba, los diecisiete miembros de la comisión evaluadora del Comité Olímpico Internacional (COI) que esta semana han examinado la candidatura de Madrid a los Juegos de 2020 se han pasado unos días de grandiosas cuchipandas y mamandurrias (que diría Espe) a nuestra cuenta (y ojalá que, al menos, a nuestra salud).
Excursiones, comidas, alojamiento en hoteles de lujo y para culminar los fastos, una cena en el Palacio Real, en cuyo comedor de gala se sirvió ensalada de langostinos con aguacate y variado de lechugas de primer plato, perdiz roja estofada a la española de segundo y tarta de manzana con helado de leche merengada de postre, todo acompañado de vinos españoles y cava a raudales.
Allí se dieron cita lo más granado y selecto de nuestra sociedad, la Reina, los príncipes de Asturias, la infanta Elena y la infanta doña Pilar, los ministros García-Margallo, Ruiz-Gallardón, Wert o José Manuel Soria, el presidente de la Comunidad de Madrid y la alcaldesa de la capital, al igual que el presidente del Consejo Superior de Deportes, y el presidente de la candidatura junto a otros miembros de Madrid 2020, del COI y del Comité Olímpico Español, varios deportistas de élite y otras personalidades de perfil más bajo hasta completar un centenar de comensales que se pusieron las botas, morados y como unas castañuelas a costa del erario público de un país en situación de emergencia nacional, donde no hay dinero ni para centros de salud, ni para medicamentos, ni para escuelas, pero no hay problema en encontrarlo cuando de montar saraos para la gente guapa y vip se trata.
Y todo para tratar de quedar bien (es un eufemismo) con los examinadores del COI, a ver si los convencemos y nos dan la celebración de unos juegos para los que cada vez las candidaturas son menos entusiastas, teniendo en cuenta el coste de los jueguecitos y la dudosa rentabilidad de los mismos, tras sonados fiascos monumentales como Montreal, Atlanta, Atenas o incluso Londres, cuyas olimpiadas habrán generado, según los últimos estudios, un incremento de Producto Interior Bruto británico de 1.900 millones de libras a lo largo de los próximos 15 años, cuando sin embargo esa cantidad sólo supondría el 38% del coste de preparación para los Juegos, que ascendió a 4.900 millones de libras.
Pero como a los españoles nos gustan unas fiestas más que a un niño un caramelo, y además sobrevuelan promotores, contratistas, intermediarios y toda clase de personajes del mundo financiero, económico y político dispuestos a sacar del evento una tajada de las que te arreglan la vida, pues la clase dirigente del país se vuelca con los conseguidores, brindándoles un agasajo impropio e indecente en un país en el que sus ciudadanos están sufriendo auténticas calamidades, sin que esos mismos dirigentes les tiendan la mano, no ya con la generosidad con que lo hacen a los del COI o a los de Eurovegas, sino con la que cabría esperar de quién gobierna un país con un mínimo de compromiso con su pueblo.
