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EL TRIUNFO DE LA MEDIOCRIDAD

Hace unos días el señor Taro Aso, ministro de finanzas japonés, perteneciente al Partido Liberal Democrático (PLD), dijo que para que le cuadraran bien las cuentas deberían morirse pronto muchos de los ancianos japoneses.

Parece ser que este buen “señor”, por llamarlo de la manera más decente, está muy enfadado debido a la esperanza tan larga de vida de sus conciudadanos. Semejantes declaraciones nos dejan a todos casi en estado de “shock”. Uno cavila y se pregunta, ¿cómo es posible que un individuo con semejante perfil moral siga todavía ocupando una cartera ministerial? ¡Pues ahí está! Parece ser que la sociedad nipona no considera ofensivas tales palabras.

Es obvio que estamos en manos de irresponsables. Las personas mediocres, incluso abyectas, abundan en política. Hace tiempo que el talento fue sepultado. En Bruselas por ejemplo, hay una tropa de mediocres –provenientes de todos los países de la UE– ocupando altos cargos; están en los diferentes escalones del aparato burocrático y manejando grandes dotaciones económicas. Desde sus lujosos despachos nos recuerdan, cuando son entrevistados por algún medio, la gran “labor” que dicen estar desarrollando en la capital belga. Y algunos no servirían ni para administrativos.

Hoy no existen líderes políticos capaces de dar un paso al frente y dar un giro a la situación política que estamos viviendo. Están en sus “tronos” con el único objetivo de defender sus agendas personales. Son incapaces de arriesgar nada, tienen pánico a perder sus privilegios. Además, una gran parte de los que dirigen nuestros destinos no han pegado un palo al agua en sus vidas. Tenemos entendido que el señor David Cameron trabajó un tiempo, pero muy corto, en una empresa de la familia de su esposa; parece ser que esa fue su única experiencia laboral-profesional. Y sin embargo, ¡llegó a primer ministro! Lo cual, nos indica cómo se forjan muchas de las carreras políticas en estos tiempos. Así es comprensible que todo marche mal.

En Francia tenemos al Monseiur Hollande que, como perdió el pulso político con Frau Merkel, se le ocurrió hacer una guerrita en Mali. Así, el susodicho, con un solo tiro mata dos pájaros.

Por un lado aparece como un político con personalidad y fortaleza ante la opinión pública francesa; y por el otro mantiene a buen recaudo los yacimientos de uranio que hay en esa parte del África ex-francesa. Que fue la razón fundamental para la intervención militar y no el problema yihadista como quieren hacernos creer. Además, hay que pensar que Sarkozi también tuvo su guerrita en Libia. ¿Razones? El petróleo y el gas natural de aquel país. Así que, el actual inquilino del Elíseo no iba a ser menos.

La cruda realidad es que la economía gala sigue en la UCI y sin dar señales de recuperación, pues sigue estancada y sin apenas crecimiento. Y ese es el entorno inmediato al que cada día tienen que enfrentarse millones de franceses y francesas.

Albert Einstein decía que si uno busca resultados distintos no debe hacer siempre lo mismo. Parece ser que esto no va con los políticos que forman la tropa que nos gobierna (¿gobierna…?), pues todos ellos son reincidentes por activa y por pasiva. Ni por error se salen del libreto. Tampoco están por la labor de arriesgar (¡que viva el estatus quo!), puesto que todo cambio implica riesgos. Y si esos cambios no resultan, entonces estarían cavando su propia tumba política. Y también la económica. Está demostrado que la política sirve para muchas cosas, entre ellas la mejora económica personal de los que se dedican a ella.

Sólo las personas con talento y si miedo pueden apostar por los cambios, aunque esos cambios conlleven ciertos riesgos. Pero esa apuesta no está en las agendas de los que gobiernan en los países de la UE. Los mediocres, si son de izquierdas, lo único que se les ocurre es ampliar la burocracia hasta convertirla en una máquina ineficiente y ruinosa; y si son de derechas, se dedican a liquidar o privatizar organismos estatales que son imprescindibles. Ninguno de ellos está a la altura, es el triunfo de la mediocridad.