Y DIOS CREO A LA MUJER
Alberto Carpo, pintor coruñés de sobra conocido, y del que recientemente dimos noticia por su muestra antológica en el Kiosco Alfonso, nos ha regalado, de nuevo, en la Galería Xerión, con su viaje plástico por el universo femenino, uno de sus más inspirados motivos. Toda la muestra está dedicada a la mujer, con excepción de dos autorretratos, de corte irónico, en que se pinta si mismo como un pobre torero, ya adornado con excelentes cuernos, ya escondiendo su frágil efigie tras un abanico rosa.
El ejemplo más notorio de esta temática está en el cuadro “Y Dios… creó a la mujer”, donde, con su característico dibujo de trazo suelto, perfila una Eva desnuda y rotunda que estira su mano derecha hacia el ángulo superior por donde asoma, casi semioculto, el índice señalador de Dios; es inevitable parangonar esta escena con aquella de la Capilla Sextina en que Miguel Ángel pone a Adán en situación parecida, pero para asumir, como hace nuestro pintor, que no es Adán, sino la mujer la que rige la creación, que es ella la que hace del hombre un dios o un títere. El arquetipo del eterno femenino aparece con su ambivalencia positivo-negativa, ya deslumbrando con su poderío, ya ensombreciendo con su rostro aniquilador de Medusa; ya mostrando su faz amable y hermosa, ya cubriéndose con la máscara de la tragedia; ya siendo a la vez haz y envés, es decir, una anatomía desconcertantemente dividida: instinto de cintura para abajo, fascinación de cintura para arriba y dividiendo así también la atracción del hombre hacia ella. A este respecto, en su cuadro “Homenaje a Maruja Mallo” usa una conocida carátula de la pintora gallega para enmascarar a una de estas embrujadoras “cara-culo”; la idea se repite en La máscara histérica y adquiere forma de cariátide en Doble perfil. Así, la mujer, ya dispensadora de goces o de espinas, es la forma por excelencia, que se curva como una dulce manzana en Desnudo de espalda” o se alza tremenda en la solitaria llanura llena de menhires-cruces en “A los caídos por ella”.
Formado Alberto en l L´École Supérière des Arts Modernes de Paris, en la década del 60, cuando aún estaba en auge el existencialismo, se respira en su obra todavía este espíritu, que él consigue plasmar con su singular figuración expresionista de tonos agrios. Ahí, en dolorosa evocación, suenan las conmovedoras notas violáceas del “Ne me quite pas” de Jacques Brel: déjame ser la “L´ombre de ton ombre”.
