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Perdón, ya sé que el título de esta columna no es muy agradable, que tal vez la época veraniega y las vacaciones sugieran expresiones más alegres y livianas, pero miren, es que asco es lo único que me produce el saber que el Gobierno de España va a destinar 16 millones de euros al año para atender las necesidades de los niños que pasan hambre en nuestro país. Dieciséis millones de euros, que es una cifra casi idéntica a la que hubieran cobrado los 22 jugadores de la selección española de fútbol si hubieran ganado el Mundial, o la mitad de lo que costó levantar la vergonzosa valla de Melilla, y una centésima parte del dinero que han robado todos los políticos imputados en España por corrupción. No se molesten en llamarme demagogo o populista, porque lo soy hasta las trancas, sin duda, pero digo la verdad, la verdad cruda y triste de un país en el que la desigualdad crece cada día y en el que ya ni siquiera un niño mal nutrido es una prioridad para los políticos del sistema.