REFLEJOS
Las cofradías ferrolanas compiten estos días, en los grandes de la Semana Santa, en vistosidad y solemnidad. Dolores, Angustias, la recuperada no hace muchos años del Tirso, la del Santo Entierro, la Orden Tercera, de San Francisco... Son herencia del variopinto paisanaje de un país que alimentó, a lo largo de los últimos siglos, a esa ciudad, que fue la más castellana, al menos desde el punto de vista del habla, pero también de sus hábitos, de Galicia.
Pese al tiempo transcurrido, la herencia se deja sentir en cada congregación y camina entre la andaluza, la extremeña o la puramente castellana. Más rica la primera, más austeras y secas las segundas, reflejo de su propia idiosincrasia, pero también de un clasismo ya obsoleto y ajeno a los tiempos. La visión íntima, la propia, recae en actos sencillos, más autóctonos, si acaso restos de lo que siempre fuimos: una ciudad abierta pero reacia a desprenderse de lo suyo pese a la mezcolanza. Los símbolos perduran, aunque sea solo por momentos.
De todos ellos, los que más, los que asumen la lejanía como algo propio o, simplemente, lo adaptan para hacer de ello una mera cuestión de pervivencia, de continuidad de la costumbre, tan ligada a la propia supervivencia. Los hábitos son también volubles; de ahí tal vez la necesidad de hacer que perduren en la confianza de que así nosotros mismos tenemos continuidad, que es tanto como hablar de que tenemos futuro. Los actos religiosos y hagiográficos de estos días son un reflejo más de lo que es Ferrol.
