La verdadera sabiduría
Entre los peligros que pueden aquejar a cualquier escritor o columnista, comprometido con la actualidad y con los temas generales de interés, están el pesimismo y la añoranza. Me refiero, entre otras cosas, a cierto afán bienintencionado de detectar y denunciar los males que, según él, el escritor o columnista de turno, aquejan a la sociedad. Siempre hay en nosotros, las pongamos por escrito o no, una enorme carga de subjetivismo latente en nuestras opiniones. Quien más quien menos, a nivel coloquial, suele quejarse, y más en estos tiempos, de lo mal que van las cosas; pasando los más atrevidos, y sobre todo los más convencidos, de tener la razón a la condena más o menos agria de quienes no piensan como ellos o actúan de manera contraria a lo que ellos opinan, aunque esas actuaciones sean legítimas.
Reconozco que es un peligro que me ha preocupado siempre, pero especialmente desde que me comprometí a escribir periódicamente en una columna periodística. Quizá por eso, cuando estoy a punto de llegar al medio centenar de colaboraciones, me planteo hasta qué punto no estaré cayendo en esa arrogancia. Desde luego no es mi propósito, más bien todo lo contrario; además, me tranquiliza el hecho de que suelo dedicar mis escritos a los temas relacionados con mis tareas profesionales, como son la enseñanza y la docencia, especialmente la universitaria.
Sin embargo, no cabe duda de que cualquier tema que podamos tratar con cierta profundidad, incluidos por supuesto los que tienen que ver con la educación, acaban obligándonos a plantear cuestiones fundamentales sobre nuestra concepción del mundo y de la vida, que nos obligan a tomar posiciones y a hacer dictámenes más o menos acertados. A veces pienso, aun a riesgo de entrar en esa dinámica del “tertuliano” o columnista resabiado a la que me refería al principio, que hoy hay mucho patólogo; es decir, gran cantidad de sabios dispuestos a diagnosticar los verdaderos males que nos aquejan.
Pero la patología no es una ciencia sencilla, hace falta mucho ojo clínico, medios y sabiduría para detectar los males; y no digamos nada para intentar ponerles remedio. En otras épocas, aún con menos medios, el saber metafísico y humanista ayudaba bastante a que hubiera un trasfondo de claridad en los planteamientos sociales y políticos. Hoy aunque abunda la reflexión y la denuncia, no tenemos la sensación de que las cosas mejoren o lo vayan a hacer con el tiempo. Por mi parte, y procurando ser consecuente con mi deseo de ser lo más ecuánime y objetivo posible, me limitaré a abogar por la verdadera sabiduría, la que es capaz de trascender a situaciones más o menos traumáticas u ocasionales, la del humanismo cristiano.
