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Colville, Estados Unidos. Dos niños de diez y once años que planeaban matar a una compañera. Un revólver y un cuchillo en el lugar que debería ocupar un libro. Las declaraciones de un fiscal que se echa las manos a la cabeza ante la premeditación de esta pueril tentativa, aunque luego se muestra comprensivo con otra clase de “maldades” infantiles como, por ejemplo, “ disparar con escopetas de balines a coches, golpear a gente con un palo, e incluso prenderle fuego a un gato”. ¿Qué estamos haciendo? ¿En qué estamos convirtiendo la educación? Con el pretexto de liberar a los niños del yugo cruel de la educación adulta y de sus antiguos castigos corporales, estamos creando “niños terribles” que se transforman en sus propios ejecutores.

La aparente liberación del alumno, la protección del menor y el cuidado obsesivo por todo aquello que pueda malograrlo, convive con una sociedad permisiva donde la única liberación real del adolescente consiste en equiparar potencialmente sus consumos al consumo de los adultos, convirtiéndolo en un precoz consumidor. En esta situación, el adolescente tiene cada vez un mayor protagonismo a la hora de elegir a la carta aquello que más le apetezca. Sin embargo, el problema comienza cuando alguien cuestiona que, quizás, aquello que más le apetezca no sea lo que más le convenga. ¿Y quién puede decir esto? ¿En qué se basa para sostenerlo? ¿En dónde apoya su credibilidad? Aparece entonces el problema de la autoridad.

A mi juicio, la crisis de la autoridad no guarda relación con la pérdida de unos valores más o menos rígidos de cara a la reproducción social. En este sentido, el dogmatismo ofrece una ayuda más que precaria a la labor educativa. La mezcla de este ciego dogmatismo del orden unido al aún más ciego dogmatismo de la liberación sin ideas solo nos ha traído hasta este callejón de penuria formativa, fracaso escolar y violencia en las escuelas. La pregunta terrible que asoma al final es la siguiente: ¿cómo enseñaremos algo a quienes ya no puedan escuchar? Del no querer escuchar se pasará al no poder hacerlo y, en este intercambio de verbos nos habremos jugado mucho más que una variante léxica. ¡Adiós a la libertad! Ahora bien, ¿puede existir la libertad sin una noción previa de la autoridad? No lo creo.

No hay libertad sin necesidad, pues toda libertad es la expresión de un deseo muy intenso de sí misma. Se necesita la libertad al tiempo que su deseo. Se desea lo que se necesita y de aquí surge el monumento más logrado de la libertad. Libertad, necesidad y rebeldía coinciden en este deseo.

Pero esta libertad que urge y que se desea no puede ser la libertad falsificada que equipara libros y pistolas. En este sentido, la aceptación y la reproducción de este modelo solo muestra el grado más sofisticado del ocaso de la libertad y el nivel más elevado de la consecución del crimen. Niños que matan a niños. Jóvenes que maquinan asesinatos porque nadie ha podido llegarles al corazón a hacerles ver lo sintió un príncipe de Dinamarca al matar a su madre y a su tío y morir luego atravesado por la inquietud del recuerdo legado a los vivos. La tragedia educativa es no poder llegar a nuevos corazones con palabras de corazones viejos como los de Shakespeare o Cervantes. Corazones viejos que, paradójicamente, innovaron desde la amplitud de un espíritu que sabe que su ahora es la continuación de su ayer y la promesa de su mañana.

Lo que más me aterra de la educación hoy en día es comprobar que el ayer se repliega en la misma medida en la que el mañana se oscurece. La autoridad del saber, de la que el profesor es apenas un vicario, se da de bruces contra el regocijo de la latencia, del consumo larvario y de la actualidad estéril. Los chicos y chicas se enfrentan diariamente al crimen que la sociedad realiza con ellos y en ellos, al negarles la posibilidad de vivir una vida problemática donde la aventura de vivir consista precisamente en encontrar una solución posible y compartida al problema. Generaciones de jóvenes debilitados parece la propina de la muerte a la cuenta de la vida.

Y en este caldo de cultivo, ¿qué puede cocerse? El desencanto. Consumir y ser consumidos. Convertirse en naturaleza muerta, en educación muerta, en la respuesta al temor de Hamlet. Tras todo el ruido y la furia, nada más que silencio y un frío bodegón donde todo ha sido finalmente consumado.