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En la antigüedad, los reyes hacían lo que les salía del cetro. A quienes se les subían a las barbas, ¡toma! Eso les costaba prisión, tortura, destierro, expropiación, la cabeza, o todo junto. Y hasta el Cid pringó bien por tomar juramento al Rey Sancho. Era muy suyo, el cabrito del Rey Sancho.
Hoy no es así. Allá donde queden reyes que todavía reinen, estos son justos, supeditados al cumplimiento de los ordenamientos aprobados por los pueblos y con un comportamiento transparente y ejemplar que da gloria verlos. Si no, serían como los otros.
A veces, de tan ejemplares, más parecen santos que reyes. Son el espejo en el que puede mirarse cualquier súbdito de sus reinos para imitarles. Bueno, cualquier súbdito no, porque muchos son criminales, ladrones (diestros y siniestros), desfalcadores, mentirosos, y viciosos cabrones de toda condición y redención, que les importa un carajo cómo sean los reyes.