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Deportes

El deporte no incita a la violencia, pero el fútbol da cabida a 3.000 ultras

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El deporte no incita a la violencia, pero los violentos justifican sus actos en y con el deporte. En España unos 3.000 ultras siguen aferrándose a las gradas de los estadios para utilizar el fútbol como excusa de una confrontación ideológica.

“No se enfrentan aficiones. Se enfrenta el extremismo ideológico y político”, dice David Castillo, analista jurídico, investigador, docente y coautor del libro que verá la luz en unos días ‘Odio en las calles’, un análisis de la violencia urbana auspiciado por el Centro de Estudios e Iniciativas sobre Discriminación y Violencia (Ceidiv) y editado por Círculo Rojo.

Junto con David Docal y José Luis Sánchez Pombo, también expertos en violencia urbana, Castillo ha recogido en esta obra divulgativa los movimientos y grupos urbanos que existen en nuestro entorno y que lejos de desaparecer, dicen, “van a más”. Hasta el punto que en algunos países, como Grecia o Bélgica, están haciéndose un hueco en la política.

Aunque la muerte el domingo en Madrid de Jimmy, miembro del Riazor Blues y de ideología antifascista, ha acaparado la actualidad en los últimos días, no es la primera vez que en España se han producido víctimas relacionadas con el fútbol.

Castillo menciona hasta diez muertes más desde 1982 y recuerda que el problema no se circunscribe a los campos de Primera División, como tampoco los enfrentamientos violentos se circunscriben a la rivalidad deportiva. Porque el fútbol no es más que una excusa para integrarse en un grupo violento y extremista desde el punto de vista político. Se trata de personas que defienden una ideología fascista o antifascista de una forma radical y cuyo perfil ha variado un poco como consecuencia de la crisis económica.

Tal y como explica Castillo, antes de la crisis los miembros de los ultras radicales del fútbol ingresaban en el grupo en torno a los 14 años y dejaban de participar en sus acciones en la calle cuando se incorporaban al mundo laboral o formaban una familia, si bien nunca abandonaban su ideología. La crisis ha alimentado bandas con miembros cada vez más mayores (muchos tienen entre 35 y 40 años aunque siguen ingresando muy jóvenes), con antecedentes penales en muchos casos -generalmente por robos- y que alargan su pertenencia al grupo porque en él son “alguien y algo”. Sin un trabajo y sin una familia estructurada en los que sentirse importantes, el radical encuentra en la masa que rodea un acontecimiento deportivo y en el anonimato que le permite la aglomeración, el clima idóneo para su conducta.

Y como cualquier grupo organizado, los ultras tienen quién les dirija. Los cabecillas, explica Castillo, suelen mantenerse en el tiempo, llegan a formar empresas, cuentan con asesoramiento jurídico y económico y a veces forman parte de la estructura del propio club.

Mediante la venta y reventa de entradas, la organización de los viajes a los partidos o el merchandising, estos dirigentes de los grupos ultras consiguen pingües beneficios económicos. Por eso, los expertos consideran que para acabar con estos grupos es necesario también “tocarles” el bolsillo.

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