
A lo largo del último año, la fotógrafa ferrolana Esther Míguez ha roto con un pasado de fotografía íntima para participar en varias muestras individuales y colectivas. La última de ellas está abierta en la actualidad y tiene como sede el local O Bacoriño (San Francisco, 28) donde exhibe una veintena de imágenes hasta finales del mes de marzo. “Me gustan las fotografúas suaves, tenues, que no vibren y que reflejen el paso del tiempo, que sean un puente entre el pasado y el presente”, sintetiza.
Un trabajo en el que es importante el tratamiento que esta artista aficionada imprime a sus creaciones. “La técnica es un recurso para buscar un fin artístico. En mi caso trabajo la imagen para dar un color o una textura que me interesa, pero lo más importante es transmitir sentimientos y emociones. A veces melancolía, a veces un cierto intimismo... En mi caso, cuando comprobé que había gente a la que le provocaba algo lo que yo quería expresar, me decidí a exponer mis imágenes. Incluso en Ferrol, que en un principio me daba cierto pudor”.
En cuanto a los temas más habituales de las fotografías de Esther Míguez, no faltan “naturalezas muertas o bodegones, aunque mi tema favorito son los retratos. Si no hago más es por falta de modelos, en parte por eso tengo tantos paisajes. Es más sencillo, vas a dar un paseo y tienes todo un mundo a tu alcance”, destaca al tiempo que señala su fascinación por ciertos espacios y edificios como la ermita do Porto, en Meirás.
En la trayectoria de Míguez, que comenzó cuando apenas tenía siete u ocho años, recuerda como decisivas las influencias de artistas locales con los que ha hecho cursos como Rocío Brage y Ovidio Aldegunde, o destacados fotógrafos como el vasco Ricky Dávila. En la actualidad comparte afición con un colectivo local de fotógrafos entre quienes están la propia Rocío Brage o Carolina Martínez.






















