
Los visitantes que llegan a las Fragas do Eume quedan fascinados por el paisaje del bosque atlántico. Incluso los gallegos, acostumbrados a los bosques sienten admiración por la flora que allí se puede ver.
“Después de ir a Port Aventura, Cabarceno, Warner o Barcelona consideré que la mejor opción era perderse por Galicia y tirando de mapa, me decidí a visitar las fragas”, cuenta Inés, una coruñesa que redescubrió la floresta a principios de diciembre después de visitarla por primera hacía treinta años.
“La verdad es que cuando vine en un viaje con mis padres en los años ochenta estaba todo muy abandonado”, recuerda, al tiempo que muestra su sorpresa por la recuperación del monasterio de Caaveiro, que había conocido en un estado lamentable de conservación y que no era más que un refugio de acampadas ilegales y basurero.
“Hoy todo está recuperado y limpio, incluso la gente está más concienciada con el medio ambiente que aquella primera vez, cuando los desperdicios se mezclaban con el paisaje”, apunta.
También Ana, una ourensana que se aventuró en las fragas en familia. “Siempre habíamos escuchado que era un lugar mágico por su gran variedad de fauna y flora, y la verdad que no defrauda”, señala. “Casi no queda rastro del incendio de 2012”, recuerda.
Son muchos los visitantes que celebran que el paso de las llamas por la fraga haya quedado en un triste recuerdo. José Luis, un profesor de Betanzos, sube la empinada cuesta hacia el monasterio mientras enseña a sus hijos los nombres de los árboles, una actividad a la que se suma algún que otro caminante que escucha las explicaciones del docente.
“En Madrid no tenemos tanta variedad de árboles al mismo tiempo, ni en las afueras de la ciudad”, afirmaba un miembro de una pareja que se sumó al corro docente.
Por su parte, los leoneses Blanca y Arturo, refieren sus sensaciones sobre la ruta que ofrece las fragas a los caminantes hasta llegar al monasterio.
“Es dura, sobre todo después de hacer a pie desde la entrada del parque, pero merece la pena, aunque la próxima vez vendremos en bicicleta, porque hay que pensar en la vuelta”, reconocen con una sonrisa.
También Victoria, una joven estudiante de Fisterra en Madrid, aprovecho unos días de vacaciones con unas amigas para conocer el bosque del cañón del Eume y “en algunos momentos le dio la impresión de estar en el camino de Santiago”.
“Nos encontramos con más caminantes que venían de regreso, algunos de ellos hablaban en otros idiomas y otros parecían peregrinos con sus palos. Había muchas familias con niños en fila india que se sorprendían de ver una salamandra”, relata, pero dice que la próxima vez vendrá acompañada de una guía para conocer al detalle los nombres de todas las plantas, árboles y animales que vea. “Por lo menos ya sé lo que es un caneiro”, dice sonriente.
“Respirábamos profundamente como si toda aquella fuerza de la Madre Tierra, tan arcaica, la quisiéramos meter de lleno en nuestros pulmones. Sentimos el calor del principio de la existencia con el frío otoño en un lugar que te trasportaba al origen de la vida. Las horas se deslizaban sin percatarnos de que aún no habíamos comido y ya eran las cuatro de la tarde”, finaliza.








