
Los graves incidentes acaecidos en Madrid, en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón, tres horas antes del encuentro entre el Atlético y el Deportivo, dejaron el partido en un segundo plano, en un ‘sinsentido’ absurdo, que se palpó en un estadio impactado por las noticias que iban llegando.
La grada, sumergida en un silencio extraño en los prolegómenos del enfrentamiento, acogió con estupor la información que, como un reguero de pólvora, hablaba de un hombre herido y en estado crítico tras una reyerta de fútbol entre aficionados de ambos conjuntos.
Fue el comentario generalizado en la entrada al recinto y dentro de él. El público no salía de su asombro y el mutismo se apoderó de las tribunas a la salida de los jugadores al terreno de juego. Incluso, cuando el ‘Frente Atlético’ entonaba canciones de ánimo a los suyos, sufría la recriminación del resto y los insultos de los doscientos aficionados visitantes, ubicados en una de las esquinas del Fondo Norte.
Todo estaba preparado para una fiesta en el Manzanares. Un encuentro matinal atrae a muchos espectadores, y a muchas familias. Las doce del mediodía es una hora perfecta para que los niños acudan con sus padres al fútbol. El tiempo acompañó al cesar la lluvia caída sobre la capital de España durante las dos jornadas precedentes y muchos de ellos así lo hicieron, pero se toparon en las inmediaciones del Calderón con una pregunta a la que no encontraron respuesta. ¿Por qué sucede esto?.
‘El fútbol debe ser motivo de unión’ se escuchó por megafonía pocos minutos antes del pitido inicial, pero la realidad había sido otra y había dejado el combate totalmente desdibujado, en un acontecimiento desvirtuado. También se percibió en los futbolistas, sabedores de lo acaecido cuando pisaron la hierba.
No es la primera vez que sucede un hecho trágico cerca del Calderón. El 8 de diciembre de 1998, en una de las puertas de acceso, antes del duelo entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad, de la Copa de la UEFA, un grupo de extremistas rojiblancos acorraló a Aitor Zabaleta, seguidor realista, y uno de ellos le asestó una puñalada que acabó con su vida.
Dieciséis años después, un encuentro de fútbol queda empañado por un suceso similar, por algo descabellado. Dieciséis años después, los ultras siguen en los campos de fútbol protagonizando episodios detestables y repudiados por el resto, por la gran afición, que acude cada semana a los campos a divertirse.
Eso fue lo que pretendió la inmensa mayoría de los espectadores que se presentaron en el Calderón en la fría mañana del último día de noviembre de 2014. Una generalidad que no debe quedar manchada por un grupo de violentos. Una colectividad que se marchó a casa triste, a pesar del triunfo del Atlético, que enseguida se apresuró a publicar un comunicado condenando los incidentes.
En el club también quedaron impactados por los incidentes. Incluso se barajó la suspensión del envite, pero se jugó.




















