Un viaje por el patrimonio de los municipios costeros de Ortegal: memoria de piedra, hierro y sal
La Consellería ha clasificado 58 bienes de interés cultural en los concellos de Cariño, Mañón y Ortigueira

Entre la bravura del Atlántico y la calma de las rías, los municipios costeros de Mañón, Ortigueira y Cariño “esconden” un catálogo de bienes que complementan la belleza ampliamente reconocida de sus paisajes.
Desde bases militares de la Guerra Fría hasta fábricas de salazón que hoy devora la maleza figuran en el inventario de Bens de Valor Cultural no Litoral elaborado por la Xunta. El documento, que permaneció en exposición pública hasta el pasado día 1, incluye un total de 58 ítems que para la Consellería de Medio Ambiente e Cambio Climático destacan por su importancia patrimonial o arquitectónica y que podrían tener otros usos en un futuro.
Centinelas
En el extremo septentrional, el Faro de Estaca de Bares, en Mañón, se sitúa a 91 metros sobre el nivel del mar, con su torre octogonal de cantería y su linterna metálica cumpliendo en la actualidad su función original con un estado de conservación “óptimo”. Más allá de su luz, que alcanza las 35 millas, el edificio guarda secretos en su interior, como una escalera de fundición elaborada en la histórica Real Fábrica de Sargadelos.

A pocos metros del faro, las ruinas de la Base Norteamericana Loran transportan al visitante al pasado de la Guerra Fría. Construido en 1960 fruto de los acuerdos entre España y EE. UU., este complejo militar operó hasta 1991 como estación de radioayuda a la navegación. Hoy, sus volúmenes de hormigón y mampostería, que en su día albergaron a tropas, gimnasios y salas de radio, yacen en un estado de ruina y vandalismo, expone la Xunta, permaneciendo como un esqueleto de la historia geopolítica del siglo XX en un entorno natural protegido.
Al otro lado de la ría, en Cariño, el Faro de Cabo Ortegal ofrece la réplica visual. Su torre cilíndrica de hormigón, con su icónica franja roja y blanca, se erige sobre un promontorio de roca pura, sin edificaciones auxiliares que distraigan de la inmensidad del océano y los Aguillóns, en una de las costas más salvajes de Europa.
Memoria de la sal
El Catálogo revela, además, que frente al estado de conservación de los faros, la arquitectura industrial vinculada a la conserva se desvanece en la comarca. Ortigueira alberga varios de estos “fantasmas” de piedra. Así, la salazón de Espasante data de finales del XIX y, pese a su autenticidad “como testemuño etnolóxico mariñeiro”, su estado es “moi deficiente”.

Lo mismo acontece con las de Cantonal y Piñeiro. La primera de ellas se ubica junto a la playa de la Concha y constituye, expone la Xunta, “un exemplo significativo do patrimonio industrial costeiro a finais do século XIX, asociado á actividade mariñeira”. En cuanto a la segunda, el documento remarca que se encuentra “sen cuberta, cunha notable perda de elementos estruturais, malia manter a súa lectura volumétrica orixinal”. En el municipio de Mañón destaca, además, la de Porto de Bares, que resiste a duras penas.
Ingeniería
Frente a la ruina, Ortegal presume de hitos de la ingeniería civil que vertebraron el territorio. Así, el puente metálico de O Barqueiro, con sus tres tramos de celosía de 48 metros cada uno, permitió el paso de carruajes y peatones, simbolizando la llegada de la modernidad y el comercio a la zona. Restaurado en 2006, hoy es un monumento transitable que se integra en el paisaje del estuario del Sor.

En las cercanías, la estación de ferrocarril se mantiene como un ejemplo de arquitectura de mediados del siglo pasado. Pese a haber sufrido alteraciones, el inmueble conserva su esencia, con su zócalo de piedra y su cubierta de pizarra a cuatro aguas, en un estado “aceptable”.
Viento y mareas
Ortegal atesora joyas que demuestran el ingenio, en el pasado, para obtener energía. En Ortigueira destaca, por ejemplo, el molino de viento de O Picón. El documento de la Xunta remarca que data de 1880, con planta circular y mampostería de pizarra, diseñado para orientar sus aspas al viento de la costa. Aunque ha perdido su cubierta y su estado es “moi deficiente”, sus gruesos muros siguen en pie como testigos de la molienda de trigo y maíz.

Por su parte, el molino de Mareas de Riomayor, también en la localidad ortigueiresa, se construyó en 1905 y está considerado como el último de este tipo construido en Galicia. Aprovechaba la fuerza del mar mediante un sistema de compuertas y arcadas, en un entorno paisajístico excepcional y con un “potencial didáctico como testemuño da enerxía mareal”.






















