In memoriam
Miguel Ángel Blanco encarna el nervio sano de una sociedad enferma, lo fue cuando, ejerciendo sus derechos y libertades, y en ellas las nuestras, eligió ir en las listas de PP del País Vasco. Lo hizo, cuando siendo elegido concejal, ocupó el cargo y defendió sus ideas frente a unos compañeros de corporación que no atendían a otras razones que no fuesen las suyas.
Ese fue su atrevimiento y motivo suficiente para ser secuestrado y asesinado tras la perversión de un ultimátum de imposible cumplimiento.
La voluntad de los verdugos era asesinarlo a cámara lenta para que a nadie, ni dentro ni fuera del País Vasco, le cupiese la menor duda de lo criminal de su voluntad. Esa era la idea: amedrentar hasta el tuétano a una sociedad ya atemorizada y secuestrada.
Ante ese horror se impone honrar y guardar memoria de esta víctima, que es hacerlo con todas las demás y condenar a esos y a todos los verdugos.
Nada importa el tiempo transcurrido. En cada asesinato se detuvo el tiempo y congeló el espacio y porque es así, hemos de construir una memoria gigante y sobria como la magnífica catedral que anuncia lo humano de nuestro ser, naturaleza y conciencia. Hemos de levantar el más hermoso panteón que se recuerde para que no puedan olvidar jamás las atrocidades cometidas.
Ellos, tal como afirmo en el libro La hija del txakurra, «jamás nos van a perdonar lo que nos han hecho», y nosotros debemos recordarles que jamás vamos a consentírselo.
