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 Normalmente, el titular es lo último que escribo en mis columnas. Esta vez no. 

Ayer este periódico contaba en portada que más de la mitad de la población de A Coruña tiene exceso de peso. Y yo siento culpa. Por hablar de obesidad. Por pensar que alguien pueda leer estas líneas y acusarme de gordofóbica. O de no tener en cuenta a las niñas que se ven distorsionadas en los espejos, a las adolescentes que cuentan calorías antes de saber contar lo que les pasa o a las mujeres que creen que deben pedir perdón por ocupar espacio.

Tengo miedo a ser juzgada en uno u otro extremo. Porque la empatía, hoy, es unidireccional y furibunda. Circula hacia donde nos conviene en cada momento. Es decir, hacia nuestro propio interés. Y estalla en insultos que no entienden de grises. Tal vez porque los matices estropearían ese relato en el que todos nos vendemos como buenas personas.

El problema empieza, posiblemente, en la relación que tenemos con la comida. Comemos para celebrar, para acompañar, para consolar, para premiar, para no quedar mal, para demostrar amor, para llenar silencios. No hay cumpleaños sin tarta, fiesta sin exceso, reunión sin pincho ni tristeza sin chocolate. La comida es cultura, placer, refugio y, a veces, condena. Pocas veces, alimento.

Nos pasamos la vida entre el exceso y la penitencia. Por la comida y por el alcohol que la acompaña. Ahí la indulgencia social alcanza su máxima expresión. Cuesta entender por qué una persona que rechaza una copa tiene que justificarse más que quien pide la tercera. Por qué nos parece triste no beber y nos parece simpático pasarse. Por qué normalizamos que la adultez sea una sucesión de brindis obligatorios.

Así que no sé muy bien cómo hablar de obesidad. Me preocupa elegir mal una palabra. Pero también que ya no podamos decir nada. Que cualquier intento de hablar de hábitos saludables, sedentarismo, alimentación, alcohol, ultraprocesados o enfermedad metabólica sea leído automáticamente como una agresión. Porque una cosa es no convertir el cuerpo ajeno en diana y otra fingir que el exceso de peso no tiene consecuencias o que todo se resuelve con autoestima y frases bonitas en Instagram.

La obesidad aumenta riesgos, condiciona vidas, se relaciona con diabetes, hipertensión, apnea del sueño, hígado graso y otros problemas de salud. Pero es difícil abordar el tema con la culpa sobrevolando. Culpa del que engorda, del que adelgaza demasiado, de la madre que no cocina legumbres a fuego lento, de la mujer a la que la talla 38 le aprieta el chocho, como cantábamos el 8M de 2020.

Esto no es solo una cuestión de voluntad. El “menos plato y más zapato” se queda corto,

porque no todos vivimos con el mismo dinero, el mismo tiempo, la misma jornada laboral y

las mismas ganas de llegar a casa a las nueve de la noche y ponernos a cocer brócoli con entusiasmo.

La realidad es bastante menos cómoda. Comer sano cuesta más. La fruta, el pescado, las verduras, los huevos, la carne, el tiempo para planificar menús y la energía para cocinar no se reparten igual en todos los hogares. Es muy fácil recomendar una cesta saludable. Otra cosa es pagarla, cargarla, cocinarla y sostenerla semana tras semana cuando la vida va justa de sueldo, de horas y de paciencia.

También cuenta esta existencia que hemos inventado, tan inmóvil que necesitamos pagar una cuota mensual para movernos

un rato bajo luces de neón. Y no funciona: el sedentarismo no se evita con 10.000 pasos si te

pasas el resto del día sentado. La obesidad también se explica desde la silla de la oficina, el

coche, el sofá, las pantallas... Lo sabemos, pero lo apartamos de la conversación con la misma facilidad con la que llamamos saludable a un zumo natural, aunque supere la ingesta diaria de azúcares libres recomendada por la OMS.

Conviene cambiar el foco.

No para negar la obesidad, sino para dejar de convertirla en un fallo de carácter. No para dejar de promover hábitos saludables, sino para hacerlo sin alimentar otros trastornos. No para

renunciar a hablar de alimentación, movimiento o alcohol, sino para hacerlo desde la responsabilidad colectiva. Porque una

sociedad que trabaja sentada, compra deprisa, duerme poco, cocina menos, bebe demasiado, celebra comiendo, se consuela con dulce, se castiga sin

comer y juzga cada cuerpo no tiene

únicamente un problema de

peso. Tiene un problema de

diseño.