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Nada malo puede pasar en Pucela

Me gustaría poder ir a Valladolid este fin de semana para ver a mis tíos, a mis primos y, de paso, vivir allí, si se produce, el ascenso del Dépor. Es una auténtica pena, pero hay varios eventos marcados en rojo en el calendario familiar que me lo impiden. 

A ver, que hay que ser prudente y no celebrar antes de tiempo, pero una piensa que es Pucela y, claro, mi parte más supersticiosa y menos profesional cree que nada malo puede pasar entre el Pisuerga y el Esgueva. No porque el fútbol respete los árboles genealógicos, que bastante tiene con respetar las líneas de fuera de juego, sino porque una guarda ciertas lealtades privadas. Al fin y al cabo, hay lugares donde una no ha vivido, pero en los que se ha criado. Sitios que están tejidos al alma. Tanto como para que el destino parezca tener obligaciones.

Valladolid es lugar seguro, tierra de afectos, de mesas familiares, una ciudad donde una supone que el universo no se atrevería a hacer una trastada. Como mucho, te sirve lechazo, te mira de frente, te habla claro y te manda a casa con el ascenso en el bolsillo y la sonrisa puesta.

Ya sé. Esto no es análisis deportivo. No lo pretendo. Para eso ya está mi marido. Lo mío, como mucho, es fe con denominación de origen. Pero el fútbol también va de esas cosas, ¿no? No solo de puntos, dinámicas y espacios. También de sueños, de viajes familiares que acaban siendo históricos, de ciudades violetas teñidas de blanquiazul por unas horas.

El Dépor está ahí. A un paso. Llega con fuerza y con una afición dispuesta a llevarlo en volandas. Y, aunque haya que mantener cierta prudencia, tampoco vamos a hacernos los cínicos. Bastante impostura hay ya en el mundo como para fingir indiferencia ante lo que emociona.

Puede que hoy en día no nos comprometamos con nada, no vaya a ser que nos pidan coherencia. Puede que relativicemos todo, no vaya a ser que nos pillen creyendo. Pero resulta que todavía somos capaces de unirnos alrededor del fútbol, con toda su desmesura, su liturgia y su extraña capacidad para recordarnos que pertenecemos a algo. Y eso no se puede menospreciar. Así que, sí, si el Dépor puede volver a Primera, A Coruña tiene derecho a notarlo en el pulso y en la respiración.

Tenemos derecho a hablar de ello en los bares, en los colegios, en las oficinas, en los grupos de whatsapp, en las comidas familiares y hasta en el ascensor con los vecinos. Tenemos derecho a mirar el calendario con una mezcla de cautela y febrícula. A organizar viajes. A buscar dónde ver el partido. A sacar camisetas del armario. A preparar bufandas sin necesidad de explicar para qué. A preguntar por hoteles y horarios como quien resuelve asuntos prácticos, cuando en realidad intenta ordenar una emoción que clama por desbordarse. Una alegría contenida que manejamos bastante regular y que está dispuesta a inundarlo todo en cuanto le demos permiso.

No solo es que muchos vayan a recuperar la ilusión de la primera categoría. Es que hay chavales que no han conocido al Dépor en Primera. Y esa frase, sin añadirle violines, ya pesa lo suficiente. Ellos no van a volver. Van a estrenar. Van a ver, por fin, aquello de lo que han oído hablar a los mayores con ese tono entre épico y melancólico que tenemos cuando contamos algo que fuimos sin saber muy bien cuándo dejamos de serlo.

Pero no tentemos al fútbol, que es un dios caprichoso y con tendencia a hacer chistes malos en el minuto noventa. No demos nada por hecho. Digamos que hay una posibilidad. Que está ahí. Que casi se puede tocar con los dedos.

Yo no podré estar en Valladolid. Me fastidia, claro. Por mi familia, por la ciudad, por el partido y por esa fantasía privada de que hay lugares donde el universo se comporta un poco mejor. Pero, aunque no vaya, una parte de mí estará mirando hacia allí mientras escucha la radio. Hacia Pucela. Hacia el José Zorrilla. Hacia esa ciudad sobria, castellana y franca que, si todo sale bien, puede terminar el fin de semana con acento gallego y una felicidad muy atlántica.

Nada malo debería pasar en Pucela.

Pero digámoslo bajito.

Con la bufanda preparada.

Y la sonrisa, todavía, sin estrenar.