Informe roedores
Fernando Clavijo, presidente de Canarias, ha ocupado cargos institucionales y políticos de forma prácticamente ininterrumpida desde el 14 de junio de 2003.
Eso son casi tres décadas. Un tiempo en el que ha ejercido como concejal, alcalde, diputado autonómico, senador, secretario general de Coalición Canaria y presidente autonómico. Así que novato no es.
Creo que Clavijo entiende perfectamente que gobernar no consiste en saberlo todo, sino en elegir bien a las personas que te rodean. Seguramente ese es el motivo por el que su Presidencia cuenta con casi una veintena de asesores, según la prensa local.
Y por eso cuesta tanto entender la escena. Una (que entiende perfectamente que Clavijo no tiene que ser un experto en epidemiología, zoología y sanidad pública) imagina despachos, equipos técnicos, llamadas con expertos, informes y documentos… y acaba encontrándose con el mismo comportamiento que habría tenido tu cuñado a las dos de la mañana discutiendo por Whatsapp: buscar en Google si las ratas pueden nadar. Así, sin más.
Y, claro, Google, que ahora responde con esa seguridad impostada que le ha dado la inteligencia artificial, le devolvió la frase subrayada: “Las ratas son excelentes nadadoras”.
Fin de la investigación científica.
Aunque lo verdaderamente espectacular no es que esa búsqueda se hiciera. Todos hemos buscado cosas absurdas en internet. Lo extraordinario es que un dirigente político considerase razonable enviarle ese pantallazo a la ministra de Sanidad como argumento en medio de una crisis sanitaria internacional. Bueno, y que el ministerio tuviese que elaborar el “informe roedores” para desmontar el argumento. Que parece un spin-off cutre de Expediente X, pero es todo real.
Confieso que, al leer la noticia, tuve que comprobar varias veces que no era una sátira de El Mundo Today o el argumento de una película de sobremesa de Antena 3 titulada Pánico en Tenerife. Sobre todo, porque no estamos hablando de una conversación de bar después de tres vermús y una ración de calamares. Hablamos de responsables políticos gestionando una crisis real en los últimos años de la década de los 20 del siglo XXI. En teoría, una época en la que íbamos a tener coches voladores, jornadas laborales de cuatro horas y robots dobladores de sábanas bajeras. No a dirigentes usando argumentos generados por inteligencia artificial sobre roedores que realizan travesías marítimas.
La verdad es que, si consigues superar el sentimiento de vergüenza ajena que provoca todo esto, la historia resulta maravillosa y resume perfectamente el tiempo que nos está tocando vivir. Hemos conseguido que la tecnología más sofisticada creada por la humanidad conviva con el pensamiento mágico de la Edad Media. Llevamos un ordenador en el bolsillo, pero lo usamos como si fuera una ouija. Y así, poco a poco, vamos construyendo el futuro. Sin que ninguno de nosotros esté seguro de cuándo deja de pensar por sí mismo para empezar a elegir entre respuestas sugeridas.
¡Descartes debe estar revolviéndose en su tumba! Porque lo inquietante no es la anécdota, sino la naturalidad con la que sustituimos el criterio por la primera respuesta que genera una máquina. Ya no hablamos de delegación cognitiva, sino de externalizar el raciocinio completo. Y sin pudor. Basta con que una IA escriba algo con tono convincente para que lo tratemos como si acabara de bajar del monte Sinaí grabado en piedra.
Nicholas Carr pensó que internet podría volvernos distraídos. Se quedó corto. Sin duda, hemos alcanzado un nuevo nivel de la evolución humana, en el que dirigentes políticos confían en la IA de Google con el mismo nivel de fe que nuestras abuelas miraban el horóscopo del Pronto. Solo que nuestras abuelas nunca bloquearon una operación de la Organización Mundial de la Salud, con varios Gobiernos implicados, porque Mercurio estuviese alineado con Marte, Saturno y Neptuno en Aries.
Ver nuestra dificultad para diferenciar una búsqueda de un pensamiento da mucho más miedo que un ratón nadando a mariposa rumbo a las Canarias.
