Carreras en peligro de extinción
Vivimos un tiempo de transición acelerada que muchos analistas califican como una “descomposición del orden establecido” sin que haya muerto el viejo ni nacido el nuevo. En ese interregno aumentan la incertidumbre, la ansiedad y también los discursos extremos.
Uno de los principales factores que alimentan este clima es la irrupción de la inteligencia artificial (IA), que para unos supone una revolución comparable al nacimiento de la imprenta y para otros es una burbuja sobredimensionada o incluso una amenaza para la civilización.
En este contexto resulta llamativo que circulen ya listas de “estudios y carreras” que no deberían cursarse en 2026, entre ellas Filosofía, Historia y Humanidades. Sorprende más aún cuando se reconoce que la IA puede producir respuestas, pero no decide qué merece ser preguntado; puede imitar estilos, pero no asumir responsabilidad; puede optimizar medios, pero no definir fines. Al tiempo, la IA elimina más tareas que empleos, reduce equipos y premia a quienes saben integrarla en su trabajo, tal como afirma Jensen Huang, CEO de Nvidia.
Si esto es así, ¿por qué las disciplinas dedicadas al pensamiento crítico, al análisis y a la comprensión histórica aparecen marginadas? La paradoja es evidente: cuanto más poderosas son las tecnologías en su capacidad de generar textos, imágenes o decisiones automáticas, más necesaria resulta la capacidad humana de interpretar, contextualizar, dudar y formular preguntas. Esa necesidad de pensamiento la cubren, precisamente, la filosofía, la historia y las humanidades en su sentido más amplio.
El problema no es la inutilidad de estas disciplinas, sino su encaje institucional y económico en un mundo que mide el valor casi exclusivamente en términos de productividad inmediata. En un mercado laboral orientado a resultados rápidos, las humanidades sufren porque su impacto es difuso y difícil de cuantificar. Pero confundir esa dificultad con irrelevancia es un error estratégico. Las sociedades tecnológicamente avanzadas son especialmente vulnerables a la manipulación, la polarización y el autoritarismo algorítmico que los estudios citados ayudan a detectar y combatir.
¿Dónde alinearse entonces, con los escépticos o con los apocalípticos? Probablemente en ningún extremo. La IA ni es un avance menor ni tampoco un destino inevitable que nos arrastre sin margen de decisión. Es una tecnología que amplifica las intenciones, los valores y las estructuras de quienes la diseñan y la utilizan y que puede empobrecer el trabajo y el pensamiento o bien liberar tiempo y recursos para tareas más humanas. La diferencia no la marcará la máquina, sino nuestras decisiones individuales y colectivas.
Lo que es cierto es que en un mundo de cambio permanente, pensar no es un lujo: es una forma de resistencia y un asidero importante que nos quedan.
