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Las sociedades europeas, la española también, han disfrutado de libertades y derechos que les han permitido sofisticar el discurso hasta cuotas de estupidez que amenazan con destruir el pensamiento, en la misma raíz la libertad y lo que no es menos importante, la responsabilidad. 

Porque pensar libre y responsablemente es la única garantía de crecer y proyectarse en lo individual, y construir sociedades capaces de crecer y desarrollarse dentro de los márgenes democráticos y de acuerdo con los derechos del hombre.

Pero pensar en libertad y con responsabilidad no interesa, no solo al capital, sino a nuestros gobernantes y, tras ellos, a las instituciones. Y para esta tarea han dispuesto toda una batería de pensadores a sueldo capaces de construir realidades paralelas, en apariencia sólidas, tanto como falaces, pero efectivas. Es así y así ha sido a lo largo de la historia humana, comenzando con las religiones y sus dogmas, capaces no solo de pervertir, sino de demoler el menor atisbo de pensamiento. Verdades tan absurdas, burdas e infantiles que hacen enrojecer de vergüenza a cualquier ser pensante y que deberíamos desechar para poder comenzar a construir un mundo más genuino.

Si los cimientos son esos y otros tantos como esos, ¿cómo no creer este burdo paisaje de mentiras a la conveniencia de este gobierno, que no es que nos haya tomado por tontos, es que nos ha tomado por rehenes?