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Ni machismo ni feminismo

Voy a abrir un melón y voy a decirlo sin ningún tipo de pudor: yo de mayor quiero ser un hombre.

No obstante, soy optimista. Quiero pensar que las cosas están cambiando, que estamos educando en igualdad y que cada vez la discriminación por ser mujer es menor. Sin embargo, también hay días en los que me encantaría mandar a un sitio a todos aquellos que dicen aquello de “ni machismo ni feminismo, igualdad”, porque, perdóname, Jose Luis, pero el feminismo es precisamente la igualdad, que estamos en 2025 y lleváis repitiendo esa frasecita desde que Zapatero aprobaba la primera Ley de Igualdad…

Vaya por delante que lo entiendo. Entiendo que la igualdad incomode. Igual que en su momento incomodó la lucha obrera, el sufragio o el movimiento sindical. A fin de cuentas, aplicando un reduccionismo, es rebajar privilegios a alguien. En este caso no es exactamente quitar privilegios a los hombres, sino que determinadas prácticas dejen de ser lícitas y que los hombres puedan situarse en una esfera de poder superior a la mujer. Para que nos entendamos, que tú puedas denunciar a tu jefe por baboso porque solo a ti te obliga a ir en uniforme con falda, evidentemente a tu jefe le va a tocar las narices, porque lleva haciéndolo años y ahora no entiende dónde está el problema. Y esto no es atacar a los hombres, que quede claro.

En Derecho tenemos una máxima sobre este concepto y es que la igualdad es, ni más ni menos que tratar igual lo que es igual. Resulta irónico que no fuese hasta el año 75 cuando la mujer dejó de estar sometida a su marido; recordemos que las mujeres no podían disponer de su patrimonio, pasando de estar bajo el control de su padre al control de su marido, y tampoco podían acudir a una comisaría o a una administración pública si su marido no las autorizaba. En el año 81 se reconocía por primera vez el divorcio y en el 85 se despenalizaba el aborto ante determinados supuestos muy tasados. En el 2004 se aprobaba la ley de violencia de género, ante el aumento de casos de agresiones a mujeres a manos de sus parejas y exparejas, y de la mano de esta, en 2007 se aprobaba la ley de igualdad. Esta última fue para muchos un brindis al sol, pero recogía por primera vez algo que era un grito a voces: que mujeres y hombres somos iguales en todos los ámbitos, exigiéndose por primera vez la paridad en procesos electorales con las llamadas listas cremallera y recogiendo cuotas de paridad para procesos selectivos y profesiones preeminentemente masculinas. Esta ley tenía, entre otros, el objetivo a largo plazo de que en el año 2015 el 40% de los puestos directivos de las grandes empresas estuvieran ocupados por mujeres y la realidad es que, en 2025, este porcentaje no alcanza ni el 30%. La causa son los llamados techos de cristal, esas barreras invisibles que hacen que las mujeres nunca podamos ascender en determinados campos. Y ahora me vendrá algún cuñado a decirme que eso no es verdad, que si no cobramos igual o no nos reconocen nuestros derechos, que nos vayamos a un juzgado. Claro que sí, Jose Luis. Mientras yo demando a mi jefe porque a Paco le paga más y a mí me echa la bronca por llegar tarde porque me quedo en casa cuando el niño está malo o porque quiero pedirme una hora un día para poder llevarle al pediatra o, en un acto de locura, pido salir un poco antes para poder ir a la actuación de final de curso, mi jefe me pide que luego haga más horas para compensar, mientras a Paco le dices que por supuesto que puede mientras piropeas lo buen padre que es. Y pongo la demanda y me dan fecha de juicio para 2027 y, entre medias, como he puesto una demanda y por lo que sea a mi jefe le ha molestado, me despiden, pero bueno, ya reclamaré también el despido con el juicio fijado para 2028. Entonces, queride, no tengas las santas narices de decirme que no hay brecha de género ni que nos quejamos sin justificación porque de verdad que es muy duro a veces no coger un lanzallamas. Y como ya voy sin frenos y a lo loco, a todo esto tenemos que añadir cargas familiares, tareas domésticas y la maldita carga mental. Porque, como dice mi amada Candela Peña, mientras tú estás en tu casa a punto de meterte en cama, tu cabeza está pensando si le has sacado el pan al chiquillo para el bocadillo o que tienes que apuntar en la lista de la compra que no hay leche y acordarte de poner una lavadora porque no te quedan bragas limpias. Y con esto sí que no admito debate y me pongo casi hasta agresiva al hablar del tema. Cualquier mujer de su entorno me dará la razón. Por eso confío en el futuro, en la educación y en que las mujeres sigamos sumando derechos, porque los derechos que hemos alcanzado las mujeres no son armas contra nadie, porque los derechos nos obligan.

*Abogada en EGA Abogados