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Es frecuente oír hablar en las tertulias del alto porcentaje de jóvenes que reconocen sus simpatías por sistemas autoritarios, totalitarios o identitarios. El asunto es grave y digno de reflexión. Esa deriva entraña un deterioro de sus derechos y libertades y va a mediatizar sus vidas. 

Las causas, al margen de las humanas, son de carácter social y fácilmente identificables: falta de empleo, bajos salarios, imposibilidad de acceder a una vivienda…, y frente a eso, corrupción y despilfarro.

Es cierto que se les llama a movilizarse, a participar, pero solo en actos que tengan que ver con la defensa de las tropelías que cometen los gobiernos y en asuntos que tienen más que ver con sus problemas que con las soluciones.

La juventud está desesperada y ante ese desespero, se busca utilizarlos y estigmatizarlos.

Mientras, en los medios de comunicación se frivoliza con sus problemas y algunas de sus causas, con chabacanas gracietas «koldianas», como si el asunto fuese menor, cuando no inofensivo, y no la evidente demolición del estado de bienestar y también el de derecho.

No les cabe esperanza y sí resignación, y siendo así, no resulta descabellado valorar por su parte la presencia de un dictador al que se le pueda derrocar sin desdoro frente a este sistema formalmente democrático que se derrama como una repugnante melaza sobre sus cabezas sin esperanza de ser derrocado.

Buenos ejemplos y mejores gobiernos, esa es su petición.