No, no son petirrojos
Si no fuese por el respeto que siento por los petirrojos, diría que el fiscal general del estado guarda, en su adusta gestualidad, una pincelada de esa sublime ave. Y quizá en lo más íntimo de su ser, y sin el peso de su actual ser institucional, lo sea. Sí, quizá el fiscal general del estado sea un dulce petirrojo devorado por ese fondo sin asiento que es el gobierno, quiero decir el Estado, ¿qué más da? Un hombre general atrapado por los voraces entresijos de las necesidades de este otoñal gobierno, que va dejando tras de sí una estela de amarillenta y trillada hojarasca.
Un ejecutivo chulo y crecido en el descaro, tanto que, si no le tuviera respeto al Dioni, diría que me recuerda, en sus formas y en esa euforia en el despilfarro, a la estrofa de la canción, Con un par, de Sabina, que dice: «Lo primero que hizo el Dioni al llegar a Río, fue brindar con el espejo y decir que tío…». Están encantados con ellos. No hay en sus rostros el menor atisbo de melancolía, sino de soberbia, la que infunde el poder. Los miras ir y venir en el quehacer de parchear sus asuntos, sin inmutarse por su calado y sin propósito de enmienda, y dan miedo. Pero no es esa chulería la que los aparta del alado ser, es la ausencia del elemental cuidado que lo humano le debe a su singularidad, ese toque de humildad que nos distingue y hace merecedores de esa ternura y respeto.
Pero no es el ave su espejo, y en el fiscal general es solo un ignoto reflejo.
