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Llevo cuatro semanas sin escribir, porque se ha muerto mi tía Aida y no sé qué decir.

Aida me solía leer. A veces le mandaba yo las columnas, y otras se las pasaba mi madre. Y, cuando me veía, me las comentaba. Y, aunque yo creo que algunas veces las entendía a su manera, sus comentarios siempre resultaban interesantes. De hecho, con frecuencia me parecían mucho más interesantes que lo que yo había escrito. Era como si, en medio de consideraciones mías sin importancia, de disquisiciones de adorno, ella viera problemas y verdades de fondo, y me dejase con la sensación de que me había quedado rozando algo más profundo. Rozándolo, pero sin saber entrar. Y eso, que podía haberme desanimado, en realidad me servía de acicate y me daba más ganas de escribir.

Mentiría si dijese que escribía para ella. En realidad, no escribo para nadie, o para nadie fijo. Pero es cierto que al saber que ella ya no va a leerlo me falta algo.

Ahora pienso, como pienso con tantos que ya se fueron (mis abuelos, ante todo), qué poco tiempo pasé con ella, qué poco tiempo le dediqué. Con el agravante de que, en su caso, ya lo sabía mientras sucedía. Porque me gustaba hablar con ella, y era consciente de que, por un motivo u otro, no tendría todo el tiempo que querría para hacerlo, y llegaría un momento en que la echaría de menos. Bueno, por eso y porque ya voy siendo yo también mayor, y hace tiempo que sé que la vida no es eterna.

Mi tía Aida era despistada, y sus confusiones hicieron reír muchas veces a la familia. Pero, al mismo tiempo, Aida mostraba una curiosidad y una actitud que nadie más de su generación, y pocos de las siguientes, tenían. Como, al fin y al cabo, algo hablamos, sé que le interesaba casi todo; quería aprender, quería compensar lo que no había estudiado de niña, quería enterarse, por ejemplo tenía inquietudes políticas (y se sentía sola en ese tema), y le faltaba el tiempo para atender a todo lo que le llamaba la atención.

Aida, que era prima de mi madre, pero como una hermana para ella y su mejor amiga, cuando yo era pequeño me ponía nervioso. Era la típica tía que, de tan cariñosa, te abruma y te hace querer huir; y más, conforme ibas creciendo, porque ella seguía hablándote como si no, como diez años atrás. Pero al final eso se le pasó, claro. No el cariño: el cariño siempre quedó claro y fue enorme. Espero que supiera que era correspondido.

La fui a ver el día antes de morir. Y me pareció ver a mi abuelo acostado igual, y supe con seguridad que ya estaba, que había llegado su hora. Tuvo un final triste. Uno de esos finales que algunas vejeces deparan, y que son tan malos que todos alrededor están deseando que acaben. Uno de esos finales que nos tiran a la cara todo lo duro que puede ser hacerse mayor, o enfermar, o las dos cosas. Uno de esos finales que, un poco tontamente, porque ya sabes de sobra que la vida no es justa ni injusta, te hacen repetir una y otra vez que no se lo merecía.

Aida era especial. Hablar con ella no era como hablar con cualquiera. Su formación, su vida, le pusieron unos límites inevitables, pero era fácil ver que tras ellos había una mentalidad diferente, unas ganas y no pocas veces una frustración por no llegar. Aunque llegaba, a su manera, llegaba.

No preguntaba ni respondía lo de todos. Era siempre más incisiva, y no se entretenía en pequeñeces, sino que me ponía encima de la mesa, de repente, mi paternidad, mi felicidad o la suya. A veces se lamentó de cosas. Otras, se alegró. Y algunas casi se confesó. Y siempre, siempre, en la mirada, ese pulso, ese anhelo latente, ese deseo de saber más, de alcanzar más, de vivir más.

De pequeño me ponía un poco nervioso. Luego, cada vez me gustó más, hasta que me encantó. Y la echo y voy a echar mucho de menos. Pero ella ya no lo va a leer.