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Convertirse en el hazmerreír de una fiesta es un triste papel para todo hijo de vecino que se precie. Sin embargo, cuando ese papel recae sobre los que están a cargo de dirigir las instituciones, en este caso las europeas, la cosa no debería causarnos gracia.

La imagen que nos están dando no es que sea preocupante, sino que es lo siguiente. Lo que estamos presenciando nos dice que el proyecto europeo en lugar de llamarse Unión Europea debería llamarse “el club de la comedia”.

Lo peor es que mientras nos mantienen entretenidos con el espectáculo la impresora de los euros no para de trabajar, imprimiendo esos “papelitos” sin apenas respaldo, bien sea en oro, industria, tecnología y otros recursos, especialmente los energéticos, sin los cuales no se puede sostener la economía.

Todo eso hace que Bruselas y los gobiernos de turno de los estados miembros nos endeuden cada día más y más. Una carga con la cual cargarán varias generaciones de europeos y europeas, pues no hay que olvidar que las deudas tendrán que ser pagadas. Por lo tanto, la Europa que nos dibujan en los medios oficiales y oficialistas no es real.

La realidad, aunque sea omitida continuamente, es que estamos inmersos en una crisis profunda, silenciosa. Y no solo en el plano económico, que también, sino de valores. En muchos aspectos es comparable a la que existió en el Imperio Romano en su etapa final. Lo cual quiere decir que sería necesaria una suerte de catarsis moral, política y cultural que creara las condiciones para un nuevo renacimiento europeo. En otras palabras, un gran cambio sociológico que higienizara nuestra decadente cultura. Lo que significa un paradigma social capaz de transformar la conciencia individual y colectiva con el objeto de erradicar la conducta ovejuna impuesta por el dañino relato posmodernista.

Lo segundo, sería reconciliarse con el pasado. Europa debería aceptar su pasado, no silenciándolo, escondiéndolo o modificándolo como está haciendo ahora. Reconociendo que fuimos los causantes directos de dos terribles guerras mundiales, y también aceptar que llevamos 2.000 años guerreando entre nosotros por territorios, riquezas ajenas y ambiciones imperiales.

La historia europea debería analizarse con mucho rigor, sobre todo para que el pasado no vuelva a repetirse. Y, además, debería ser un contenido, quizá el más importante, junto con la filosofía, en la enseñanza secundaria de toda la UE.

Los actuales políticos europeos le harían un gran favor a la generación presente y futura si hablaran abierta y objetivamente de los errores, y también de los horrores, cometidos por esta Europa que tanto quieren maquillar. Porque los verdaderos valores, de los que hablan tanto, empiezan aceptando el pasado. Nuestro pasado, el de todos. De lo contrario continuaremos conviviendo con la mentira.

Sería interesante, y también terapéutico a nivel colectivo, que nos explicaran que nunca existió el “pacifismo” europeo, ni siquiera se practicó, sino que se fingió practicarlo. Y de paso que nos dijeran también que el sentimiento guerrerista tampoco desapareció de los genes europeos. Por lo tanto, que es mentira eso de que nos estamos amando los unos a los otros como intentan hacernos creer.

No nos engañemos. Solo hay que escarbar en el subconsciente colectivo de los europeos para que asomen todos los demonios. Las rencillas históricas por pérdidas territoriales, los continuos cambios de fronteras debido a las guerras, la idea imperial de algunos países, incluso pequeños, todo ello sigue latente en los sentimientos de muchas naciones europeas. Así de frágil está nuestra “fraternidad”.

Hay politólogos que dicen que Europa ha tomado el camino de la autodestrucción, asegurando que este siglo será recordado como el siglo de humillación, vaticinando que la península europea acabará en la periferia mundial.

Estar “preparado”, como dicen aquí, no significa ser inteligente; abundan los ineptos con títulos universitarios. La inteligencia es otra cosa. Hay personas con escasa educación capaces de filosofar, de analizar, de pensar.

Lo preocupante es que el grupo de preparados que está al mando de la nave europea no filosofa ni analiza. Y, por lo que estamos viendo, tampoco se esfuerza en pensar. Así nos va.