
Acabo de terminar de leer un libro en la cama, el sábado por la mañana: “El mago del Kremlin”, de Giuliano da Empoli, un escritor, más bien ensayista —esta es su única obra de ficción hasta el momento—, muy mediático últimamente, pues su análisis de la situación internacional y de algún otro de los problemas que más llaman la atención es atractivo y parece que acertado. En esta novela recrea —no sé cuánto es fiel a la realidad, cuánto es cosecha propia—, a través del relato de un asesor cercano, el proceso de llegada al gobierno de Rusia de Vladimir Putin, en pleno declive de Yeltsin, y el modo —y esto es sin duda lo más interesante de la obra— en que entendió y ejerció, y ejerce, el poder.
Villaquejida, Villanueva del Campo, Villamayor de Campos, Villafáfila, Villarrín de Campos, Villarrín del Páramo, Villalpando, Villafrechós, Villabrágima, Villagarcía de Campos, Villalar de los Comuneros o Villaverde de Medina. Por ejemplo. Todos pueblos, todos villas. Muchas pertenecientes a la Tierra de Campos, esa comarca que para mí tiene el misterio y la lejanía de las Highlands escocesas o las estepas de Asia Central, y todas cercanas a la A6, desde la que vemos las señales de los desvíos que llevan a ellas. Tierra de Campos, como Castilla-León en general, me atrae, más que nada, porque no la conozco. Y es verdad que el paisaje que veo desde la carretera o desde el tren me gusta mucho, pero me gusta todavía más lo que supongo. En un área de servicio de Villalpando, donde cenamos bocadillos de queso de Zamora, miro las fotos antiguas que adornan las paredes, de pueblos, de campesinos, de escenas del campo, de trabajos y de casas y familias humildes, y me encanta lo que me sugieren. Y me gustaría conocerlos, conocer la comarca, pero reconozco que, si no es así, no pasa nada, porque me queda la imaginación, que a veces, para quienes nos gusta estar sentados en una silla, es incluso mejor.
Lo que Da Empoli explica, sobre todo, es que Occidente no entiende en absoluto a Rusia y a los rusos. Y que por lo tanto tampoco entiende en qué se basa, qué busca y cómo funciona allí el poder. Lo cual le/nos impide seguir sus razonamientos y nos lleva a graves errores de cálculo cada vez que intentamos prever sus movimientos y decisiones a la luz de nuestras referencias y prioridades. Y explica que Putin, por el contrario, tiene una idea clara de qué les importa, de qué piden y qué valoran. Que comprende la famosa alma rusa, la suya misma, esculpida por siglos de escasez, abnegación, temor y orgullo, contada una y otra vez por sus grandes novelistas y poetas, y leída por nosotros como si fueran leyendas exóticas de otros tiempos.
Castilla, a mí, que navegando he recorrido casi todas nuestras costas, también me ha parecido siempre exótica. Como Extremadura o Aragón. Tierra incógnita. Y Tierra de Campos, el Bierzo y, por supuesto, la mismísima Mancha, son lugares mitad reales, vistos desde el coche, mitad fantásticos. Fantásticos en la medida en que me son ajenos. Que es un estado que no es malo. Como cuando en Vicedo, al acostarme, veía la luz de una casa en medio de los árboles, en la costa de enfrente, la que va de O Barqueiro a Bares, e imaginaba todo lo que quería sobre ella, sin que la realidad viniera a molestar.
La realidad, que parece tener varios niveles, capas distintas que la mayor parte del tiempo dan la sensación de no tocarse.
Porque leo sobre Rusia, sobre los rusos y Putin, y luego vuelvo a leer, pero esta vez a causa de Ucrania. Y leo más análisis que tratan de adivinar cómo estará reaccionando Vladimir a los datos de sus bajas —más de un millón ya, entre fallecidos, heridos y desparecidos—, a la duración de esta guerra —se acerca a la de la II Guerra Mundial— y al espectáculo que está dando Occidente, empeñado en facilitarle las cosas, en allanarle cualquier camino quitándose de en medio él solito. Y de ahí salto a otros puntos del globo, a casi cualquiera, todos tan preocupantes. Y entonces me pregunto si Villalpando está en esa misma dimensión; si comparten realidad Villafáfila, con sus resonancias medievales, su laguna y sus 429 habitantes, y el complejo de Mar-a-Lago y sus inquilinos. Parecer, parece que no.
Pero es mejor tener claro que sí, que es todo el mismo mundo, que todo se toca e importa. Porque la ensoñación, aunque resulte reconfortante y nos consuele, en ciertos temas, al contrario que cuando miramos un paisaje, puede ser peligrosa. Y es necesario despertar.









