Un libro de memoria familiar para revivir y celebrar los 85 polifacéticos años de Manuel Caldevilla
Cartagenero de nacimiento, ferrolano de adopción y fenés por elección, recibió el pasado fin de semana un homenaje de sus hijos, nietos y bisnieto por su cumpleaños

“No ocupan los titulares de los periódicos ni aparecen en los libros de historia; sin embargo, son esas vidas las que, con el paso del tiempo, sostienen una familia, construyen una comunidad y dejan una huella mucho más profunda de lo que a menudo somos capaces de apreciar”.
Con estas letras comienza el libro ‘Una vida para recordar’, que tiene como protagonista a Manuel Caldevilla y cuya autoría es de su familia, que quiso rendir homenaje al patriarca este pasado fin de semana, cuando celebraron sus 85 años.
“Siempre que nos reunimos es un momento muy agradable, estar todos juntos, con mis hijos, mis nietos y ahora también un bisnieto. Pero bueno, a la hora de recibir el regalo fue una cosa asombrosa porque nunca pensé que me podrían hacer algo así de bonito”, expresa el cumpleañero, todavía emocionado con el centenar de páginas en las que ha quedado plasmada para siempre su trayectoria vital.
Él, que nació en Cartagena y llegó siendo un adolescente a Ferrol Vello, creció en la ciudad naval para después levantar la vivienda familiar en la aldea fenesa de Mundín. Allí remataron una fiesta que empezó en La Perfecta, en Narón, y que quedará para siempre en la memoria de todos.
En los capítulos de la publicación se repasan los 85 veranos de Manuel, junto a un montón de fotografías que muestran el paso del tiempo. Del ‘marinerito’ de Comunión al orgulloso bisabuelo de Duarte, pasando por sus años de formación, trabajo en la industria, fiestas de disfraces, amores, descendencia y despedidas, entre otras muchas estampas y vídeos a los que se accede con un código QR complementario, sin faltar ni siquiera un detalle.
“Me casé muy joven y tuve muchos hijos pronto. Pasé muchas dificultades”, resume Manuel, reviviendo uno de los primeros recuerdos de su juventud, en el número 21 de la calle San Francisco, cuando conoció a Alfredo Martín, “una persona que enseñaba mucho. En aquella época, imagínate, aparte de jugar allí al peón y a las canicas, también hacíamos de monaguillos en la Orden Tercera y en Navidad estábamos en el belén”.
Poco después entró como aprendiz en la recordada Fenya y se hizo tornero en unas jornadas maratonianas que se compaginaban con la formación en Maestría, “donde está hoy la Escuela de Idiomas”, precisa.
Conciencia
A medida que iba creciendo, Manuel fue desarrollando un compromiso con la justicia social y la defensa de los derechos de los trabajadores que le acompañaría el resto de la vida. “Cuando llegamos a Ferrol ya vivíamos un poco mejor porque mi padre era maestro de pintores y tenía cierta categoría, así que teníamos un piso con todas las comodidades: cuarto de baño y una nevera para la que había que ir a por hielo a la fábrica del muelle. La posguerra la pasamos en Cartagena, en la llamada ‘zona roja’ y él estuvo en campos de concentración, tanto en Francia como en el norte de África”, recuerda.
Con la mili de por medio y el flechazo con la que fue su primera mujer y madre de sus seis hijos, pasó por otros trabajos y desembarcó finalmente en Astano, donde se acrecentó “mi inquietud política al estar en contacto con la gente que había en la clandestinidad”.
Así, después de un acercamiento al sindicalismo durante su estancia en la Fabricaciones Eléctricas Navales y Artilleras, Caldevilla se metió de lleno en la lucha al entrar en contacto con la conocida como “Oficina Roxa” del astillero fenés, que era la de ‘Métodos’, donde estaban el recordado Pepe Molinuco (José María Fernández), Juan Carballal, Pepe Díaz... Integrantes de Comisiones Obreras cuya misión en aquel momento era introducirse en el Sindicato Vertical.
“Fui secretario del comité de empresa”, recuerda el protagonista, enumerando también cargos en la Unión de Técnicos y Trabajadores e incluso una propuesta para diputado que finalmente no se materializó. Llegó a ostentar, además, una concejalía en el Concello de Fene, fue también vicepresidente de la entidad vecinal de Perlío, integrante del Anpa en el centro educativo donde estudiaban sus hijos... “Un montón de ‘carguitos’ porque había que estar en todos lados”, resume, quitándose importancia.
Humildad
Tampoco quiere presumir de que fue él, junto a su suegro y a otros amigos, quien levantó la casa familiar de Mundín. “En aquella época nos ayudábamos unos a otros”, zanja. Destaca que su hijo Mangi es “un artista” y revive a “mi cuñado Chisco [Ayguavives]”, pionero del audiovisual en la comarca, que le metió a los suyos el gusanillo.
“Ahora estoy bastante limitado por las piernas, que ya no dan para fiestas, pero siempre tiro para delante con buen humor y ganas de seguir viviendo. Ya les dije que espero otra edición del libro cuando cumpla 100, que ahí estaré”, remata con sorna.
















