Ares volvió a ser la gran alfombra floral del Corpus en Ferrolterra, el orgullo de una villa marinera donde nadie duerme
El municipio vivió este domingo una nueva jornada festiva en la que pudieron lucir los tapices que llevan más de un mes preparando manos voluntariosas de todas las edades
Desde las siete de la mañana y hasta el mediodía del lunes, las calles de Ares empezarán a despejarse de las treinta toneladas de materiales que conformaron este domingo las bellísimas alfombras florales de un Corpus Christi que atrae cada año a más visitantes.
Horas antes, después de la misa de cinco que se celebró en la iglesia parroquial, la procesión desdibujó las decenas de motivos que, en la madrugada, ultimó un pelotón de manos voluntarias que son el verdadero patrimonio de esta villa marinera.
El olor de los tapices es lo primero que llama la atención al acercarse al recorrido vegetal, que completa una moqueta de casi un kilómetro de longitud dividida en cinco tramos. El más ancho conducía desde el paseo marítimo al templo de San José, dedicado este año a ornamentos que rendían homenaje al aspecto más tradicional del municipio aresano.
No faltaron en él las anclas, icono naval, pero tampoco los hórreos y las campesinas cargadas con sus cestas —con ‘saia’ roja y ‘pañola’— y, por supuesto, las mujeres que vendían el pescado que traían los pescadores a la ribera. La memoria, en este Corpus 2026, fue realmente protagonista porque, además de esa gran alfombra, la que discurrió en el primer tramo de la calle María sirvió para agradecer la labor de quienes llevan haciendo posible esta Fiesta de Interés Turístico de Galicia desde su nacimiento en 1983.
Cuatro señoras y un hombre picando verde se asoman en una primera viñeta —empiezan un mes antes a hacer esta tarea—, continuando por una niña que recoge conchas —los menores suelen ser quienes las depositan en el trazado—, otra pareja recolectando pampillo —la flor amarilla que es característica de la celebración aresana—, un grupo deshojando hortensias y una última escena en la que una chica pinta las siluetas de los dibujos en el suelo, un trabajo que recae en personas de mediana edad.
Desde luego, en Ares saben que es esta su celebración más intergeneracional. La que pasa de padres a hijas, de abuelas a nietos. Valentín Lorenzo, “o da tenda”, fue otro de los pioneros en los adornos florales y ahora también su casa, en el número 72 de la calle Real, luce decorada con palmas en la fachada, “que coloca o meu fillo”, explica. Él, al igual que su vecina Mercedes Montenegro, estuvo en aquellas primeras cuadrillas en las que únicamente tenían un Seat 600 como vehículo a motor para ir recogiendo, quince días antes del Corpus, todo tipo de especies por las fincas y los montes.
Contento por ver cómo continúan las siguientes generaciones con una tradición que empezó al lado de su portal y en la que “moito temos traballado”, precisa que el cambio más notorio es el de los materiales. En aquellos primeros años se engalanaban los dibujos con pampillo, cardos y “cheirentas”, además de tuya para el verde, serrín para las caras de las imágenes y café para perfilar, igual que las conchas, era todo “natural”. Ahora, se emplea también sal teñida que ofrece la posibilidad de poder ampliar la gama de colores e incluso añadir purpurina.
Precisamente, esos colores fueron muy protagonistas en el tramo de María que estaba un año más dedicado a los más pequeños con muchos personajes de dibujos animados plasmados en el suelo, lo que propiciaba una suerte de “concurso” al pasar por allí para adivinar cuál era cuál. Y, por supuesto, ganaban niños y niñas por goleada.
También ellos y ellas fueron figuras centrales en el segundo tramo de Real, donde se reflejaban motivos religiosos junto a menores ataviados de Primera Comunión, los mismos que después pisarían las alfombras acompañando a la custodia en la procesión.
“Esta vila mariñeira o día de Corpus vólvese alfombra floral”, escribieron con arena y café al comienzo de la calle María, una verdad que pudieron constatar los miles de visitantes que, además de ver y oler los tapices de Ares, llenaron también el paseo marítimo e incluso se atrevieron a darse los primeros chapuzones.
Asimismo, su vecindad, la “muchísima gente” que colaboró en su elaboración nocturna, ha logrado un año más, con su trabajo desinteresado, revivir un tiempo distinto, pero donde la gente se unía igualmente para que el municipio fuese, como sigue siendo, orgullo contra lluvia, viento y marea.
Mercedes, memoria viva de los primeros tapices aresanos
Apostada en la puerta del número 91 de la calle Real, su casa, Mercedes Montenegro Salgado tiene un ojo puesto en la gente que pasa admirando las alfombras y otro en la tartera que tiene al fuego con carne asada. La noche para ella también fue larga, “aínda ás dúas da mañá asomeime”, pero hace años que sus manos de mariscadora ya no le permiten recoger ni picar.
La aresana, a sus 81 años, formó parte de ese primer grupo de vecinos que hizo allí mismo la primera alfombra, con las flores sobre un papel de estraza. Recuerda que se iba con carretillas “e un carriño que tiña un señor que se chamaban ‘Cambanas’”, a pedir y recolectar por las fincas el pampillo, cardo y “as cheirentas, unhas menudiñas e anacaradas”. Ahora, más de cuatro décadas después, celebra que esta tradición no se pierda.











