Los “cuatro grandes amigos” que soñaron la mejor sede del Mundobásket
Vicepresidente del OAR y responsable de las selecciones, Tomás Blanco abre la “celda” de los recuerdos

Que la casa donde vive en Perlío Tomás Blanco tenga la fachada pintada de verdiblanco no parece casualidad. Aunque pasen los años, el corazón de Maso, de Masito, sigue teñido de los colores del equipo de su vida, el OAR. Vicepresidente y creador de la maquinaria ‘oarista’, que forjó cultivando la cantera y aplicando unas innovadoras técnicas de marketing cuando todavía nadie sabía muy bien qué era aquello, abre la “celda” de su memoria en la que tiene guardados, con nostalgia y cariño, aquellos días en los que “éramos los mejores”.
“Pon lo que quieras”, dice al comenzar la entrevista sin haber pronunciado palabra. Le cuesta desempolvar recuerdos porque “tengo 80 años y me pongo triste. Esto lo consiguieron conmigo amigos míos que lo dieron todo sin pedir nada a cambio y muchos de ellos no están”. Pero hace el esfuerzo y acierta a decir que el Mundobásket, donde ejerció como coordinador de selecciones, “es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Somos todavía el único club que organizó una sede de un campeonato del mundo”.
Fase con premio
La de Ferrol fue, además, premiada al finalizar como la mejor de las siete que sirvieron de escenario para la décima edición de la cita, que finalmente ganó Estados Unidos al imponerse a la URSS. “Aquí vino Stanković, que no era ningún ‘piernas’, secretario general de la FIBA, y quedó pasmado. Vino con Segura de Luna [Ernesto, presidente de la Federación Española], que nos adoraba. Me acuerdo de que, incluso en verano, de postre se pedía una ‘taciña’ de caldo”.
“Mi función era que los equipos estuvieran bien atendidos. Desde los intérpretes hasta los autobuses, pasando por las equipaciones, la coordinación de la sala de prensa y la de estadística, los menús del hotel...”, enumera Blanco, recordando el “problema gordo” que suponía el contexto político de combinados como el de Israel o la URSS. Él tenía una oficina habilitada junto a la recepción del Almirante y “a medida que iban llegando las selecciones, venían y yo tenía que chequear pasaportes y cotejarlos con los datos de la expedición que nos habían enviado desde la FIBA”.
Cuando llegaron los israelíes, rememora, “había conmigo un tío que hablaba inglés perfectamente, traduciendo, y empezaron a decir varios que eran ‘coach assistant’. ¡Media docena de asistentes! Y en esa época no era como hoy, que son muchos. Nos enteramos de que eran del Mosad aunque estaban en chándal”. Dos de estos agentes, ya durante la competición, “cogieron a un periodista uruguayo, que era muy forofo, y se había equivocado de pasillo en el pabellón. Tuve que intervenir para que lo soltaran, lo tenían del cuello y contra la pared”.
A Masito le vienen a la mente todas las actividades que se organizaban, “llegó a haber una romería en el Club de Campo”, donde a los árbitros se les brindó una jornada festiva, y también una clausura en el restaurante de Punta Arnela. Además, revive también cómo el cansancio le jugó una mala pasada. “El día del izado de banderas en A Malata, que quería ir porque era un acto importante, empezaba el Campeonato del Mundo”, dice, pero había llegado a casa de madrugada y se metió en la bañera para relajarse. Se quedó dormido y no llegó a tiempo.
Mucha gente buena
A modo de balance, asegura Blanco que “puedo decir que, después de 40 años, no hemos fallado ni en un minuto de entrenamiento. Los buses funcionaron con puntualidad británica y todo el equipo que tenía a mi cargo tuvo mucha disciplina: traductores, conductores, técnicos de estadísticas, procesadores de IBM, informáticos... Todo el equipo del pabellón, con Juan Muñiz a la cabeza, maravillosos. Fue ejemplar. Los veías y te preguntabas: ¿cómo es posible que haya tanta gente buena en lo suyo en esta ciudad? Los que vinieron de fuera estaban pasmados. Y todos de forma altruista, era una cosa increíble”.
Además, aunque la relación con el Concello tuvo mil tiranteces en los dos años de preparación del Mundobásket, “a última hora, cuando llegó, fue como Fuenteovejuna. Todos a una y de la mano. Y con mucha fuerza. Fue una simbiosis entre la sociedad civil, la parte política y la deportiva”. ¿Y qué se llevaron de todo esto? “Satisfacción personal. Ser capaces de organizar un evento de esa magnitud, un grupo de amigos de verdad que hemos puesto todo el esfuerzo y la sabiduría. Cada uno en su parcela y ayudándonos unos a otros. Gente responsable y seria que estuvo a la altura de las circunstancias. Nos costó trabajo sacarlo adelante y convencer a muchos para llegar a ese final, que fue maravilloso”.

Entre las múltiples felicitaciones, Masito Blanco recuerda con una emoción especial la de Shimon Mizrahi, el emblemático presidente del Maccabi de Tel Aviv desde 1969 y que en el Mundobásket ejercía de jefe de la delegación israelí. Los comités organizadores de las seis sedes restantes habían sido invitados a la fase final de Madrid “y yo estaba en la grada, en el descanso, y oigo: ‘¡Ferrol!’. Y era él, señalándome, diciéndome que bajara. Fui, se acercó, me dio un abrazo y me dijo que Madrid bien, que Barcelona regular y que nosotros ‘number one. Very, very good. Thank you’. Me estoy emocionando... Es que pensar que cuatro pipiollilos de pueblo logramos esto... Pero es que las atenciones que les dimos fueron todas. Siempre pendientes de todo lo que necesitaban”.
“Dicen que cuarenta años no son nada, pero son muchos. Y, ojo, que al mismo tiempo estábamos con un equipo en la ACB”, recuerda, “con el que nos estaba ayudando desde el punto financiero todo el mundo menos las administraciones. Ni la Xunta, ni la Diputación, ni el Concello. Es más, pagábamos por entrenar. Desde minibásquet al de alta competición. El último año que estuve de directivo nos costaron las instalaciones cerca de un millón y medio de pesetas y no recibíamos nada en el presupuesto municipal”, lamenta. Pero aquello, lejos de desanimar a la directiva, parecía darle más fuelle. Y, todo, por supuesto, compatibilizándolo con el trabajo y quitándole tiempo a la familia.
“Blanco, alero tirador”
“Por el Mundobásket me pedí vacaciones, pero el resto del año yo era el director de la Caja de Ahorros, salía a las cuatro de la tarde de trabajar, comía en media hora y ya me iba a la oficina del club”, describe. Él conoció a Juan Fernández, su amigo y compadre, cuando era “Blanco, alero tirador”, dice con sorna, y formaba parte del OAR juvenil. “Ya era el presidente y Antonio Barros el delegado. Habíamos ido a jugar la fase del Sector gallego a Ourense y apareció de guardiamarina vestido porque todavía estaba en la Escuela Naval”.
Junto a otros, ambos hicieron grandes cosas. Construyeron un proyecto que logró ilusionar a toda una ciudad en su peor momento, azotada por la reconversión, e insuflarle el amor propio que otros quisieron arrebatarle. “El trabajo y la dedicación fue enorme. Que no estuviese remunerado te da una fuerza moral, la convicción de que no pasen por encima de tu criterio, de la autoexigencia que tú tienes”.
En un Ferrol sin Universidad, recuerda, “fuimos capaces de becar a un jugador como Miguel Piñeiro, que hizo la carrera, se matriculó e iba a parciales, se hizo economista en cinco años. Era muy estudioso. Imagínate si llegamos a tener el campus de ahora... Convenceríamos a quien fuese”. Y pocos les faltaron por convencer, la verdad. Su persuasión era tal que se metieron en el bolsillo a Clesa para que apostase por ellos, y a la FIBA, por supuesto, pero también a un sinfín de jugadores y entrenadores que pasaron el banquillo.
‘Oarismo’
“Para fichar a Toño Martín, Juan Fernández y yo salimos de Amboage a las cuatro de la tarde en un 132 a Valladolid. Quedamos con él para cenar a las afueras y nos volvimos. A la altura del Manzanal, que empezaba a nevar, nos paró la Guardia Civil”, a la que también convencieron para que les dejase seguir sin cadenas porque, si no, llegarían tarde a la oficina.
Masito evangelizó en el ‘oarismo’ a fuerza de llevar a los jugadores por los colegios de la comarca e incluso de fuera —fue con ellos a Ribadeo para ganarse a los escolares antes de un partido que el OAR disputaba allí contra el Breogán—, de cuidar a una cantera que “desde los calcetines iba vestida igual que el primer equipo, terminamos siendo imagen de Adidas en Galicia” y de repetir un decálogo de conducta en el que se les exigía a todos en el club “no hacerse los chulitos”.
Logró que la plantilla repartiese insignias a la grada antes de los partidos, que firmase pósters, que se convirtieran en ídolos y alimentasen un ego sano. “Fue un tiempo maravilloso”, resume, reconociendo que a sus nietos les habla de él “menos de lo que debería”. ¿Y saben que su abuelo organizó un campeonato del mundo? “No, eso no. Y que he participado plenamente y en la faceta que más me gustaba, la deportiva”. Pues ya va siendo hora de que lo sepan, Masito.














