Israel, la URSS y Cuba, el quebradero de cabeza de la seguridad del Mundobásket en Ferrol
Víctor Saavedra, responsable del operativo, recuerda cómo asumieron el gran reto de blindar la ciudad
Si en cualquier evento del calibre del Mundobásket la seguridad es un reto en sí misma, en el caso del campeonato que se celebró aquellos días de julio de 1986 el desafío fue aun mayor porque la mirada internacional se posaba en España para juzgar su capacidad organizativa a sabiendas de que ya se le habían asignado los Juegos Olímpicos de 1992. Nada podía salir mal y, por ello, no se escatimaron los recursos policiales en ningún rincón, tampoco en la sede ferrolana.
Lo sabe bien Víctor Saavedra, policía nacional retirado, que tuvo la misión de coordinar el operativo durante todo el desarrollo de la cita sin saber lo que le esperaba. Había entrado en el cuerpo en 1974 y su primer destino fue Tenerife. Después, quiso volver a Galicia cuando se empezaron a crear las brigadas antidroga, pero en su A Coruña natal —“soy cascarilla”, reconoce entre risas— no había vacantes y escogió la ciudad naval, donde echó raíces para siempre.
En la primera mitad de los ochenta estaba en la Brigada de Investigación Criminal de la comisaría Ferrol-Narón que, como en todas las que están en lugares pequeños, “los agentes hacemos un poco de todo”. Su padre, con el que comparte nombre, fue uno de los pioneros del baloncesto e incluso venía a entrenar al extinto equipo de Bazán dos veces por semana, así que el deporte formaba parte de su ADN y no se lo pensó cuando le ofrecieron asumir la responsabilidad.
El Mosad en Ferrol
“Me agregaron al comité organizador y empezamos a trabajar. Me acuerdo de que nos reuníamos en la sede [estaba en la calle Real, 83-85, en la plaza de Armas], en una mesa grande, como la del Consejo de Ministros, y allí estábamos durante horas, hasta la madrugada. Cada uno tenía su cometido: publicidad, equipos, hoteles, azafatas, delegados, árbitros... Yo, la seguridad. Trabajar con Juan Fernández fue un lujo porque no se le escapaba nada, su capacidad era inmensa”, valora sobre el ferrolano, también bautizado por la prensa del momento como el “padre del Mundobásket”.
Comenzó Saavedra a bocetar el plan y se reservó el Almirante porque era el único alojamiento de la ciudad, además del Parador —que no tenía capacidad suficiente para las seis selecciones y sus equipos—. Combinados que, recuerda, “no sabíamos quiénes eran”, pero igualmente “había que distribuir a los agentes y hacer la previsión de efectivos que íbamos a necesitar porque tenían que venir de fuera, también los antidisturbios y los geos. Yo iba informando a mis mandos, a la Jefatura de A Coruña”, precisa Saavedra, enumerando no solo la escolta en el hotel, sino también la del pabellón, los alrededores de ambos recintos y el recorrido.
“Y llegó el día del sorteo, que queríamos que nos tocasen equipos atractivos para que viniese la gente a verlos. Pero cuando salen Israel, la URSS y Cuba nos echamos las manos a la cabeza. Informé a los jefes y me dijeron: ‘Menudo tomate te toca’. Había que redoblar todos los efectivos de seguridad porque eran otros tiempos, había terrorismo”. De hecho, hacía 14 años del atentado de Múnich 1972 contra el conjunto israelí.
“Había que poner a otro tipo de gente. Policías camuflados, expertos contra espionaje”, describe Saavedra, que todavía tendría que reforzar su plan un par de veces más. La primera, cuando se produce el ataque al vuelo 182 de Air India, en el que iba una bomba alojada por terroristas que lo hizo estallar cuando sobrevolaba Irlanda el 23 de junio de 1985. La segunda, mucho más cercana a la fecha de comienzo, el 26 de junio del 86, al detonarse un explosivo en el mostrador de la compañía aérea israelí El Al, en Barajas, dejando varios heridos.
“Y vuelta a empezar”, sintetiza el policía, quien, junto a su colega de Málaga, la sede en la que estaba Estados Unidos, contaron con carta blanca para blindar las ciudades. El comité organizador había ido a visitar las embajadas de los seis países que recalaban en Ferrol y Saavedra acompañó a Fernández a la de Israel, donde sabían todo de él y le sometieron a un tercer grado del que salió airoso.
Entretanto, “empezaron a llegar los equipos, a cuentagotas. Porque no había móviles, pero la foto de Sabonis y Tkachenko agachados para subir en el ascensor sería mágica”, siendo los israelíes los últimos.
Arribaron con retraso, pasada la media noche y, en vez de irse a dormir, fueron los tres responsables de seguridad, del Mosad —“hablaban español con acento sudamericano porque eran de los que habían estado a la caza del nazi”, sostiene Saavedra—, quienes se bajaron del autobús con el resto de la plantilla en su interior y formularon todo tipo de preguntas sobre el dispositivo, asegurando incluso que no dormirían allí con los soviéticos y los cubanos.

“Hasta que Juan [Fernández], con su carácter, que no se arrugaba ante nadie, les dijo: ‘Miren, esto está aprobado por el Comité. Tenemos todas las bendiciones y este es el único hotel que hay. Si quieren lo toman o, si no, el siguiente lo tienen en A Coruña. Ustedes verán”. Lo tomaron, durmieron y, al día siguiente, a las nueve, el policía tuvo que hacer con ellos el recorrido hasta A Malata y por dentro del pabellón, cuyo blindaje estaba delegado en otro agente ferrolano, Valentín Peña, “un tío solvente y serio”, recuerda, ahondando en que las rutas de desplazamientos de los buses de las selecciones “estaban filtradas, los alcantarillados revisados y perros adiestrados yendo todos los días por si había explosivos”.
“Éxito total”
También el recinto deportivo aprobó con nota el examen del Mosad, que finalmente se quedó tranquilo y, por cierto, desplazó a un notable número de ‘ciudadanos’ israelíes con “pintas de hippies” que estaban por las gradas como si no fueran agentes suyos. “Solo hubo un problema y fue con Televisión Española, que el jefe no quería entrar por la puerta de prensa”, añade, al tiempo que reconoce una pequeña riña con un aficionado uruguayo, pero “todo fue un éxito total”.
De hecho, en la cena de clausura, celebrada en la desaparecida piscina de Punta Arnela, la delegación de Israel les dio la enhorabuena —“mejor no lo pudo hacer nadie”, dijeron— a él y a Fernández, regalándoles un pin y un pequeño frasco de Sabras, un licor típico. “Y Juan, entre la risa y el cabreo, cuando nos fuimos de su mesa, me dice: ‘Aquí cuando regalamos una botella, regalamos una botella, no esta mierda’”, finaliza Saavedra, genio y figura.












