José Mauriz, fotoperiodista | “Había cubierto de todo en el pabellón, pero en el Mundobásket era distinto, tenía mucho más glamour”
Reportero de los de olfato, vista y oficio, cubrió la cita baloncestística para la Agencia EFE y sus imágenes ilustran 40 años después el viaje en el tiempo desde estas páginas
José Mauriz Collado sobrepasa la frontera de los ochenta, pero dice que tiene la juventud metida en la cabeza y, de hecho, una de las cosas que más echa de menos del periodismo es, precisamente, relacionarse a diario con los jóvenes reporteros en las redacciones.
Hace 40 años, este fotógrafo ferrolano trabajaba para la Agencia EFE y a través de su objetivo documentó la vorágine que supuso la celebración del Mundobásket 86 en la ciudad, siendo sus imágenes las que acompañan durante esta semana los reportajes que Diario de Ferrol está publicando por la efeméride.
Con catorce años empezó a trabajar de aprendiz en un laboratorio, el de Pereira, que después sería su suegro. Cuando falleció, siguió formándose y montó una línea de negocio más industrial, además de retratar todo tipo de celebraciones. Tras un periplo laboral por Vigo regresó a Ferrol y su cuñado, que estaba empleado en La Voz de Galicia, lo empezó a llamar para hacer coberturas.
“Después estuve también en El Ideal Gallego, en El Correo, en Diario 16...”, enumera, recordando por encima de otras noticias “aquellas manifestaciones del 84, las de la reconversión”. “Hoy en día son procesiones, no manifestaciones”, dice divertido, reviviendo aquellas asambleas de Astano, cuando salían después a quemar neumáticos y cortar carreteras y vías.
En EFE entró, precisa, cuando el fotógrafo que estaba, que llevaba también la tienda Tramas, tuvo que dejarlo porque se le complicaba alternar ambas ocupaciones, así que le cedió el sitio como años después hizo Mauriz con Kiko Delgado al frente de la agencia. “Fue la parte de mi vida más divertida”, resume antes de transportarse a A Malata aquel julio de 1986.
“Yo estaba acostumbrado al pabellón, había cubierto de todo allí y tengo miles de fotos del OAR, pero en el Mundial era otro distinto. No sé, parecía mucho más limpio. Habían puesto como unas jardineras en la parte de tribuna, le habían lavado un poco la cara... Tenía más glamour y el ambiente era maravilloso”, asegura.
Tampoco se olvida de “la atención que tenían con uno”, puesto que a la prensa se le acotó un espacio para trabajar y para reponer fuerzas con refrescos y comida para soportar las jornadas maratonianas que pasaban allí, desde los entrenamientos por la mañana hasta que acababa el último de los partidos del día, ya de noche.
A mayores, en un tiempo en el que internet era cosa de unos pocos y la fotografía digital ni se había imaginado, el revelado y el transporte de las imágenes era todo un arte a contrarreloj. “Sacabas el carrete, lo pasabas por el agua y lo secabas con el secador. Acelerabas el proceso lo que podías. Después, a lo mejor la película se estropeaba porque no la habías lavado lo suficiente. Con las fotos, ya iba corriendo a mandarlas a Santiago en autobús”.












