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Ferrol

Ferrol, la ‘ciudad de las anclas’ que tiene la mejor colección del mundo

Cada una de ellas está considerada como un BIC y en la ciudad hay repartidas unas 290 unidades

Anclas
Algunas de las anclas del Museo Naval apoyadas en la plaza de Herrerías
Jorge Meis
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Llevan tantos años formando parte del entramado de la ciudad que, incluso las que están en lugares públicos, se camuflan bajo el filtro de la cotidianidad. De hecho, esto no le pasa a quienes visitan Ferrol, que fotografían con admiración estas grandes estructuras que parece que cayeron del cielo para acostarse en jardines e isletas y vienen, en realidad, del fondo del mar. Los entendidos dicen que las anclas son las grandes “olvidadas” del patrimonio local, una afirmación que avergüenza si se tiene en cuenta que la del Museo Naval está considerada en diversos ámbitos científicos como la mejor colección del mundo por su cantidad y diversidad. 

Del más de medio millar de áncoras que custodia la Armada, cerca de 300 están en la urbe, repartidas entre los recintos militares —Arsenal, escuelas de especialidades Antonio de Escaño y A Graña, Capitanía, Herrerías, los clubes socioculturales de Defensa o las propias instalaciones museísticas—, Navantia y otros rincones urbanos, como puede ser la céntrica plaza de Amboage. Todas ellas son históricas, muchas del siglo XIX y XX, y dejaron en su día de cumplir con la misión de inmovilizar a los navíos fondeados para ser primero almacenadas en el exterior, debido a su gran porte, y terminar siendo después un elemento decorativo que insufla identidad. 

Interés Cultural

La mayoría de ejemplares inventariados —sobre un centenar— están bajo la custodia directa del Museo Naval de Ferrol, donde existe un ‘Pasillo de Anclas’ que llama la atención de los visitantes, aunque actualmente se encuentra cerrado por las obras de rehabilitación que se están ejecutando en el edificio anexo. Esta colección, que se ordenó en la década de los ochenta por decisión de la Jefatura de Apoyo Logístico de la Armada para su mejor conservación, cuenta con diferentes tamaños, tipologías y funciones. 

En este caso, explican desde el ente museístico, están divididas en tres categorías que son visibles en los colores de sus cartelas. Las de distintivo negro son las genéricas, de las que tienen un mayor número y poseen unas características menos singulares. Las azules, que ya tienen alguna peculiaridad con respecto al resto y, finalmente, las blancas, que son únicas: no existen en otra colección. 

Todas ellas están registradas en la aplicación Miles de inventario del patrimonio histórico-militar, con la peculiaridad de que tienen la consideración de Bien de Interés Cultural (BIC) y están bajo la tutela del Ministerio de Cultura, además del de Defensa por estar adscritas a la instalación de la Armada. Cualquiera de sus movimientos tienen que ser autorizados por ambos organismos, como el resto de fondos del Museo Naval. 

‘Almirantazgo’

En el espacio, que este año cumple cuatro décadas, el recorrido por la historia de las anclas se inicia en la Edad Media. De aquel tiempo es la más antigua que poseen, hallada en el puerto de Mugardos y que, como especifica la cartela que la acompaña, “al estar compuesta de láminas de hierro prensadas, la caña está reforzada con zunchos de plomo”. Aquellas áncoras se fabricaban cuando no se dominaba la técnica de fundición, por lo que tenían que estirar los lingotes, rebanándolos y soldándolos unos sobre otros. El herrero debía tener la pericia de forjar todo su perímetro antes de que enfriara. 

Anclas
Las partes de una de ellas están nombradas en el interior de las instalaciones
Jorge Meis

Las siguientes que se exponen ya llevan al visitante hasta el siglo XIX, un momento en el que sobresalían las llamadas de ‘Almirantazgo’, de las que hay unas 120 en todo Ferrol. Las de subcategoría ‘Francés’ las incorporaron los buques españoles a partir de 1881, pero presentaban un problema: para subirlas a bordo había que retirar el cepo, una cuestión que se subsanó con la llegada de las del tipo ‘Inglés’, aunque estas tampoco eran perfectas, ya que solamente clavaban un brazo y el que sobresalía, podría incrustarse en el casco de otro buque. 

¿Símbolo nazi?

A partir de entonces, de la mano de la Revolución Industrial, los anclajes fueron evolucionando con articulaciones (Porter-Trotman), con brazos giratorios (Martin) o sin cepo, para que se introdujera más fácilmente por el escobén (Byers). Esta última, de fabricación alemana y que es una de las piezas catalogadas con etiqueta blanca, posee una esvástica en rojo que podría relacionarse con la época nazi; sin embargo, la documentación acredita que la compañía ya marcaba así sus piezas en 1900 como símbolo de culto nórdico. 

Con todo, llegó el modelo Hall, que “agarraba” mejor, y desbancó a la germánica hasta que apareció el áncora de Baldt (1939), que mejoraba a las anteriores y fue la elegida para dotar, por ejemplo, a las fragatas de la clase ‘Baleares’, construidas en la antigua Bazán entre los años 1973 y 1976. 

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