Ferrol, la ‘ciudad de las anclas’ que tiene la mejor colección del mundo
Cada una de ellas está considerada como un BIC y en la ciudad hay repartidas unas 290 unidades
Llevan tantos años formando parte del entramado de la ciudad que, incluso las que están en lugares públicos, se camuflan bajo el filtro de la cotidianidad. De hecho, esto no le pasa a quienes visitan Ferrol, que fotografían con admiración estas grandes estructuras que parece que cayeron del cielo para acostarse en jardines e isletas y vienen, en realidad, del fondo del mar. Los entendidos dicen que las anclas son las grandes “olvidadas” del patrimonio local, una afirmación que avergüenza si se tiene en cuenta que la del Museo Naval está considerada en diversos ámbitos científicos como la mejor colección del mundo por su cantidad y diversidad.
Del más de medio millar de áncoras que custodia la Armada, cerca de 300 están en la urbe, repartidas entre los recintos militares —Arsenal, escuelas de especialidades Antonio de Escaño y A Graña, Capitanía, Herrerías, los clubes socioculturales de Defensa o las propias instalaciones museísticas—, Navantia y otros rincones urbanos, como puede ser la céntrica plaza de Amboage. Todas ellas son históricas, muchas del siglo XIX y XX, y dejaron en su día de cumplir con la misión de inmovilizar a los navíos fondeados para ser primero almacenadas en el exterior, debido a su gran porte, y terminar siendo después un elemento decorativo que insufla identidad.
Interés Cultural
La mayoría de ejemplares inventariados —sobre un centenar— están bajo la custodia directa del Museo Naval de Ferrol, donde existe un ‘Pasillo de Anclas’ que llama la atención de los visitantes, aunque actualmente se encuentra cerrado por las obras de rehabilitación que se están ejecutando en el edificio anexo. Esta colección, que se ordenó en la década de los ochenta por decisión de la Jefatura de Apoyo Logístico de la Armada para su mejor conservación, cuenta con diferentes tamaños, tipologías y funciones.
En este caso, explican desde el ente museístico, están divididas en tres categorías que son visibles en los colores de sus cartelas. Las de distintivo negro son las genéricas, de las que tienen un mayor número y poseen unas características menos singulares. Las azules, que ya tienen alguna peculiaridad con respecto al resto y, finalmente, las blancas, que son únicas: no existen en otra colección.
Los ‘Campos de Áncoras’, de lugares para el almacenaje a auténticos museos al aire libre
La profesora y bióloga María José Leira Ambrós, en su libro “As alamedas ilustradas de Ferrol. Xerme dos corredores verdes urbanos e urbano-industriais” (Deputación da Coruña, 2021), otorga un lugar de importancia a estos ‘Campos de Áncoras’ que se encontraban en las zonas verdes que discurrían por el interior del Arsenal, de los que ahora quedan algunos vestigios.
Por ejemplo, en la bajada por Taxonera hasta el recinto militar —al final de la avenida de Esteiro—, en una pradera existente entre las puertas del Dique y Enfermería —que ya estaba en 1842, según la autora— y tras la Puerta del Parque, documentada en la primera parte del siglo XX.
Eran lugares sin demasiada importancia para las gentes de la época, que los veían como meros enclaves para el almacenaje, pero la autora cree que ahora deberían tener la consideración oportuna. “Son pouco valorados pola sociedade porque os descoñecen debido a que os Arsenais-Estaleiros estiveron pechados ao pobo moitos anos”, escribió, animando a compensar esta falta de conocimiento de los propios ferrolanos con más divulgación.
Todas ellas están registradas en la aplicación Miles de inventario del patrimonio histórico-militar, con la peculiaridad de que tienen la consideración de Bien de Interés Cultural (BIC) y están bajo la tutela del Ministerio de Cultura, además del de Defensa por estar adscritas a la instalación de la Armada. Cualquiera de sus movimientos tienen que ser autorizados por ambos organismos, como el resto de fondos del Museo Naval.
‘Almirantazgo’
En el espacio, que este año cumple cuatro décadas, el recorrido por la historia de las anclas se inicia en la Edad Media. De aquel tiempo es la más antigua que poseen, hallada en el puerto de Mugardos y que, como especifica la cartela que la acompaña, “al estar compuesta de láminas de hierro prensadas, la caña está reforzada con zunchos de plomo”. Aquellas áncoras se fabricaban cuando no se dominaba la técnica de fundición, por lo que tenían que estirar los lingotes, rebanándolos y soldándolos unos sobre otros. El herrero debía tener la pericia de forjar todo su perímetro antes de que enfriara.
Las siguientes que se exponen ya llevan al visitante hasta el siglo XIX, un momento en el que sobresalían las llamadas de ‘Almirantazgo’, de las que hay unas 120 en todo Ferrol. Las de subcategoría ‘Francés’ las incorporaron los buques españoles a partir de 1881, pero presentaban un problema: para subirlas a bordo había que retirar el cepo, una cuestión que se subsanó con la llegada de las del tipo ‘Inglés’, aunque estas tampoco eran perfectas, ya que solamente clavaban un brazo y el que sobresalía, podría incrustarse en el casco de otro buque.
¿Símbolo nazi?
A partir de entonces, de la mano de la Revolución Industrial, los anclajes fueron evolucionando con articulaciones (Porter-Trotman), con brazos giratorios (Martin) o sin cepo, para que se introdujera más fácilmente por el escobén (Byers). Esta última, de fabricación alemana y que es una de las piezas catalogadas con etiqueta blanca, posee una esvástica en rojo que podría relacionarse con la época nazi; sin embargo, la documentación acredita que la compañía ya marcaba así sus piezas en 1900 como símbolo de culto nórdico.
Con todo, llegó el modelo Hall, que “agarraba” mejor, y desbancó a la germánica hasta que apareció el áncora de Baldt (1939), que mejoraba a las anteriores y fue la elegida para dotar, por ejemplo, a las fragatas de la clase ‘Baleares’, construidas en la antigua Bazán entre los años 1973 y 1976.
La ‘American Navy’ que nunca usó el ‘Príncipe de Asturias’
Dentro de la maravillosa colección de anclas que atesora el Museo Naval de Ferrol hay una que llama poderosamente la atención por estar ubicada en la plaza de Herrerías que comparte con su homólogo de la Fundación Exponav.
Se trata de una pieza de grandes dimensiones que es del tipo ‘American Navy’, las que usó la Marina norteamericana desde 1904, y en la que se distinguen las grandes groeras que lleva en sus brazos.
En este caso, es todavía más especial —de hecho, cuenta con un distintivo azul— porque se compró para el portaviones ‘Príncipe de Asturias’, pero un fallo de cálculo impidió que se pudiera usar y la Armada tuvo que adquirir otra, pasando esta a exposición.











