La actualidad del Museo de Historia Natural de Ferrol, una escuela para los humanos
Esta Semana Santa se desarrollaron cuatro visitas guiadas gratuitas a este centro cultural de la SGHN
Subiendo hasta arriba la avenida do Rei, en el barrio de Canido, se encuentra el Museo de Historia Natural de Ferrol, uno de los templos de la Sociedade Galega de Historia Natural –SGHN–, que entre otras muchas dimensiones le sirve para trasladar el conocimiento generado a la población, por supuesto, humana. Se trata de una labor si cabe más reseñable teniendo en cuenta que buena parte del público, como el que asistió a las cuatro visitas guiadas que se ofrecieron de manera gratuita este mismo miércoles y la víspera, son familias con niños y niñas, cuya conciencia socioambiental será decisiva en generaciones futuras.
Por este motivo, dirigiéndose a los asistentes de menor edad, la trabajadora del museo que condujo las visitas, Berta Rodríguez, empezó aclarando el hecho de que en ningún caso los seres que se exponen fueron asesinados para tal fin. De hecho la mayoría de ejemplares se encontraron por casualidad en entornos naturales o, en el caso de la zona dedicada a los terrestres, en carreteras. No obstante, hay excepciones como un cráneo de pez espada de gran envergadura, una especie comercial que se usa en alimentación, y que exclusivamente custodia el museo debido a que se trata de una parte no comestible.
A pesar de que en la colección del Museo de Historia Natural destaque, por su impactante tamaño, un ejemplar de ballena común, la segunda especie de mayores dimensiones del planeta después de “su familiar” azul, que además es “el más grande que ha existido nunca”, una de las vitrinas conserva fósiles de parte de unos zifios ya extintos, que datan del Mioceno, hace alrededor de 15 millones de años. Según explicó la guía, esta parte tiene un inmenso valor científico, relatando cómo, a partir de la llegada de un cráneo fragmentado de la familia Ziphiidae al museo, en 2006, “se llegó a cuatro nuevas especies para la ciencia, que antes eran desconocidas”, de las seis existentes en total en el mundo. Así, a través del cristal se exhibe nada menos que el holotipo de Tusciziphius atlanticus, un concepto que define “el ejemplar o ejemplares que son, digamos, el referente” de cualquier especie nueva, elementos únicos con los que se deben cotejar los hallazgos futuros.
Atendiendo ahora al enorme esqueleto de la ballena común, también llamada rorcual común, “este ejemplar que tenemos medía 18 metros pero pueden llegar a los 23 en el hemisferio norte, 27 metros en el hemisferio sur y pesar más de 100 toneladas”, destacó Berta Rodríguez. Sobre este caso explicó que fue hallada en marzo de 2004 en una pequeña cala de difícil acceso en el concello de Ponteceso, y para el rescate de los huesos hizo falta el trabajo, durante varios días, de “más de 50 personas”.
Después de un gran despliegue para el que incluso fue necesario un helicóptero financiado por la Diputación, tal y como recordó el otro trabajador del Museo de Historia Natural de Ferrol, Pablo Torrella, que también estuvo en algún momento de la operación, la ballena fue enterrada durante 26 meses en un monte de titularidad municipal, con acceso desde Valón, con el objetivo de que la fauna subterránea se deshiciese de los numerosos restos de carne y grasa que quedaban. En aquel momento, el Concello de Ferrol cedió el terreno y también “pagó los servicios del camión con la pluma”, recuerda.
Continuando con lo que se podrían denominar las “celebridades” del museo, en la visita también se atendió, ya que incluso superando la hora prevista de duración no se pudieron abarcar todos los elementos, al calamar gigante. “Si estiramos los tentáculos, este ejemplar medía ocho metros y 30 centímetros”, aunque podría alcanzar más, una cifra máxima sobre la que todavía no hay consenso.
Su depredador es el cachalote, un cetáceo que, a pesar de que se suele asociar a las ballenas, pertenece al subgrupo de los odontocetos, que se distinguen de las anteriores, misticetos, por tener dientes. Lo mismo ocurre con los delfines, los calderones o las orcas, estas últimas también con un espacio reservado en la visita guiada debido al interés de los asistentes, que surge a raíz de las recientes noticias sobre la interacción con embarcaciones.
La orca ibérica está en peligro de extinción, por lo tanto protegida, con escasísimos ejemplares de los cuales solo se denominan “Gladys” a los que presentan este comportamiento. Así pues, Berta Rodríguez recordó la importancia de ser conscientes de que “llevan muchísimo más tiempo que nosotros en el mar”, siendo los seres humanos los que invadimos cada vez más su hábitat y que ya existen aplicaciones de rastreo para evitarlas.
Aparte de los restos reales, en la exposición también destacan las réplicas, todas realizadas a partir de ejemplares auténticos, por lo que en algunos casos se evidencian las anomalías de su modelo, como la tortuga laúd o tartaruga de coiro en gallego (“la más grande que vive en los océanos”, apuntó Rodríguez), que le falta un trozo de aleta. A partir de otra especie, en este caso una Caretta caretta disecada, se da cuenta de la intencionalidad del museo: el reptil habría venido desde el Caribe, como todas las que se encuentran por Galicia, y “apareció viva, en la playa de Campelo, en el concello de Valdoviño”, atrapada en las redes que terminaron por matarla “a los pocos días”, a pesar de los intentos de salvarla.
Pablo Torrella también relata la curiosa historia de cómo llegó al centro una amplia colección de conchas de Claudio Montero y Gay, geógrafo que estuvo destinado en Filipinas, donada por su nieta después de haber sido rechazada en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que incluso ya custodiaba material “que donó en vida” el mismo coleccionista. Estos tesoros habían sido clasificados de su puño y letra, tal como pudo constatar el entonces delegado de la SGHN que se desplazó a su casa, más parecida a un museo de historia natural, próxima a la iglesia de Santa Rita de Xuvia.
Asimismo, también se encuentran otros ejemplares de estos exoesqueletos procedentes de la colección de Xavier Sóñora, que fue delegado de la SGHN en Ferrol y hoy pone nombre a la Biblioteca da Natureza situada en la planta baja, a la que se accede transitando un pasillo que sirve de sala de exposiciones, en este momento para la obra de Rafael López Loureiro.
Terrestres
Restos óseos de mamíferos como ciervos, corzos o jabalíes; pelajes de una jineta, una marta o una garduña; excrementos de tantos otros o una pitón africana que “apareció en un arroyo entre Ferrol y Narón, en el río Inxerto”, en 1996, conviven en la parte dedicada a los seres vivos con los que compartimos el hábitat terrestre. Además de atender debidamente al apartado de los insectos como polinizadores imprescindibles para, entre otros, cultivar alimentos (paradójicamente amenazados por el uso de fertilizantes), Berta Rodríguez también destacó el hecho de que la prohibición de los perros sueltos en las playas “no es un capricho” sino que responde a la necesidad de proteger a las aves que tienen a Galicia como uno de sus lugares de descanso.
La acción humana directa, y de sus mascotas, es solo uno de los factores que afectan al medio, y así lo constatan las más de 3.500 aves contadas desde que “saltou a alarma en febreiro”, rememora Xan Rodríguez Silvar, presidente de la SGHN, sobre la cantidad de muertes debidas a los temporales continuos de este invierno. Esto fue posible gracias a un despliegue de voluntarios para hacer el recuento, la mayoría ejemplares del frailecillo, en Galicia conocido como arao papagaio, una gran parte procedentes de “unha colonia inglesa”, de Sule Skerry, que sufriría un gran mazazo este año.
Además de las visitas guiadas que se realizan a los centros educativos por las mañanas, los grupos de a partir de cinco personas pueden solicitar, con antelación, una cita coincidiendo en martes, miércoles, jueves o viernes, de 18.00 a 19.00 horas. Reservas en los teléfonos 698 141 384 o 881 931 315 y por el correo electrónico museo@sghn.org.









