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Sociedad

Sofía Díaz: "Siempre me quedará la pena del gran amor que me fue arrebatado por mi propia madre"

Esta coruñesa que residió en muchos países del mundo, vive ahora en la residencia de Caranza, donde, con 88 años, se animó a escribir libros, y ya está trabajando en el séptimo

Sofía Díaz Campos
Sofía Díaz Campos abrazándo uno de los árboles del espacio verde de la residencia de Caranza  
Jorge Meis
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Es Sofía Díaz Campos (A Coruña, 1933) una de esas mujeres que llaman la atención a simple vista: elegancia, desparpajo, ternura y unos ojos llenos de luz que esconden el paso de los años y también una pena muy grande; un amor de juventud truncado que ha marcado toda su vida y que todavía hoy, más de setenta años después, revive a diario.

Sofía fue la invitada ayer a una de las sesiones del Club de Lectura que se celebra en la Casa da Muller y, antes de ese acto, nos atendió en la residencia de Caranza, donde vive, “no por gusto”, desde poco antes de la pandemia. Del centro no tiene pegas, está encantada con todos los profesionales que lo atienden, pero asegura que “nunca creí que terminaría sola en un centro de mayores. Estar aquí es triste, pese a que estemos en las mejores manos y muy bien cuidados. Ves a gente que no está tan bien como tú y es inevitable que te afecte, esto no es un hotel”, asevera. Desde que llegó a Ferrol y animada por una de las trabajadoras sociales, que le decía que su vida era de novela, decidió hacerle caso y plasmarla en un libro ‘Escamas de mujer en un mar de silencios’.

Sofía Díaz Campos
Todos los días escribe por largo rato en el espacio de informática del centro
Jorge Meis

Y es que esta coruñesa de nacimiento, que se siente española pero también un poco venezolana, un algo carioca y un tanto estadounidense, está inmersa en la que será su séptima novela, con seis ya bajo el brazo, publicadas por el sello Universo de Letras del Grupo Planeta.

Su historia es impactante, sobre todo, si se tiene en cuenta que es una mujer nacida en los años 30 del siglo pasado que recorrió medio mundo, por trabajo y placer, y que vivió prácticamente toda su vida atormentada porque no la dejaron querer a la persona de quien se había enamorado, un amor tan grande cuyo recuerdo abraza cada día.

Sofía Díaz Campos
Sofía Díaz Campos posa, relajada, en uno de los sillones del hall del centro residencial donde vive
Jorge Meis

“Me he enfrentado a cientos de vicisitudes y de todo me he recuperado. Creo que he transitado con mucha valentía por la vida, pero ciertamente no fui valiente cuando mi madre me impidió seguir con aquella relación”, afirma.

Ella, cuyo primer negocio fue construir dos edificios en Maracaibo tras asociarse con un empresario local, no tuvo el atrevimiento suficiente para enfrentar a su madre, “muy estricta, autoritaria e intransigente”, y cada día se pregunta por cómo hubiera sido su vida junto a su primer y único amor. “El destino nos volvió a poner  frente a frente en varias ocasiones, pero de refilón, siempre hubo algo ajeno a nosotros que nos impidió estar juntos”. Recuerda también Sofía cómo muchos años después supo de él, en España, e intentó encontrarlo “un día en la embajada de Puerto Rico, por fin, alguien se apiadó de mí, tras confesar que lo buscaba porque era el amor de mi vida, y un trabajador me ayudó y halló sus datos pero, lamentablemente, no pudo decirme dónde vivía como yo esperaba, pues había fallecido”. Esta historia de amor truncado y muchos de los avatares de su intensa vida están recogidos en su primera novela autobiográfica, a la que siguieron otras centradas en la soledad, recurrente en su obra.

Sofía Díaz Campos
Sofía Díaz Campos publicó su primera  novela, autobiográfica, con 88 años
Jorge Meis

De su paso por países como Venezuela, Puerto Rico, Brasil, Estados Unidos, Canadá o China –en esos dos últimos no residió largo tiempo–, el que más le marcó fue el país venezolano. “Tal vez porque allí pasé mi adolescencia y empecé mi carrera profesional y, me enamoré, claro”. Recuerda que les iba muy bien en lo económico hasta que llegó Chávez y tuvieron que emigrar a Estados Unidos, "dejando todos nuestros ahorros atrás". Los siguientes años los pasó viviendo y trabajando en Florida, Texas o Jacksonville. Allí empezó a trabajar importando productos españoles, labrándose buenos clientes en todo el mundo. “Nunca he dejado de trabajar, desde niña, y nunca me he visto sin dinero, techo o comida ni dependiendo de nadie”, asevera.

Tras su periplo americano acabó en Brasil, donde quedó prendada de su gente y hasta se casó, “mi marido era muy bueno, muy inteligente, siempre me aportaba ideas para nuevas vías de negocio. Lo quise sí, pero nunca sentí lo mismo que por aquel primer gran amor”, asegura. 

En el país carioca falleció su madre y su padrastro y también su pareja. A su padre no lo conoció nunca y le hubiera encantado. “Mi madre nunca quiso hablarme de él, se quedó embarazada de soltera y su identidad siempre fue tabú, yo estaba en mi derecho de saber más, eran mis raíces”, lamenta. Tras ello volvió a Estados Unidos una temporada y después regresó a España, donde siguió con su labor de intermediadora en el negocio de las importaciones. “Aceite, quesos, anchoas, carne, todo lo español se vende muy bien en el mundo pero, claro, los impuestos aumentaron mucho y me ví forzada a dejar la profesión”, eso solo unos años antes de ingresar en la residencia de Caranza.

La suya, como la de tantos otros mayores que viven en residencias, es una historia real que merece ser contada. Seguro que ella seguirá ocupando su tiempo para recoger algunos capítulos más de su impactante vida.

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