La noche que mi madre se fue de marcha con sir Ben Kingsley por Ferrol
En mayo de 1994, por pura casualidad, uno de los protagonistas de "La muerte y la doncella" se cruzó en Amboage con un joven artista ferrolano camino del Carteles para tomarse una caña con su pandilla

En el mes de enero del pasado año 2025, el Concello presentó en la feria internacional Fitur de Madrid su campaña “Ferrol, de cine”, una propuesta que aprovechaba, para promocionar el turismo en el municipio, los múltiples rodajes que habían tenido lugar en el área el año anterior. La iniciativa tuvo una gran aceptación, no solo porque el lema era pegadizo, sino por el impacto que habían tenido entre los vecinos dichas grabaciones.
Y es que, además del revuelo e interés que podía causar el encontrarse en plena calle, en el mercado o en un centro de trabajo un ‘set’ montado, quien más o quien menos se vio involucrado en la grabación, bien participando como extra o por algún conocido que había sido seleccionado para aparecer de fondo en la cinta. Ferrol se convirtió durante meses en un escenario de cine (o de series, más concretamente), dejando una profunda y positiva huella en su población.
Sin embargo, esta no era la primera vez que la ciudad naval vivía algo parecido y, si bien la ausencia de móviles por aquel entonces reservan los recuerdos de esa época para la mente de quienes la vivieron, es innegable que también tuvo un impacto enorme en Ferrol. Para quien suscribe estas líneas, los recuerdos de aquella época, en mayo de 1994 y con ocho años de edad, son vagos y confusos.
A la memoria me viene la imagen de mi madre despertándome con un vaso de zumo de naranja y diciéndome que había conocido a un actor de Hollywood; un viaje en coche a Valdoviño; otro vehículo tirado entre las rocas y quizás un señor de bigote dándome la mano, aunque quizás esto último lo hubiese soñado. También recuerdo a mi madre enseñándome una foto, la misma que acompaña estas líneas, contándome que aquel hombre era un gran intérprete que había ganado un Oscar, mientras yo pensaba que era muy feo.
No fue hasta una década después, recién entrado en la universidad y ávido de experimentar cosas nuevas, que disfruté por primera vez ‘La muerte y la doncella’, cayendo inmediatamente en la cuenta de que el hombrecillo de la foto que aún seguía en un despacho de mi casa no era otro que sir Ben Kingsley. Y lo más importante, que mi madre, la Bego, se había ido de marcha con él. “Era una persona muy agradable. Al principio un poco reacio a todo, pero luego ya muy familiar y hablador”, relata, años después.
De billares en El Otro
Fue la casualidad, como en la mayoría de las historias que merecen ser contadas, el origen de esta aventura. “Yo iba atravesando la plaza de Amboage y de repente se me acercó un tipo de melenita, algo mayor, y me preguntó si conocía algún bar con un billar para ir a jugar una partida”, narra Eduardo Hermida, Dudi, que por aquel entonces era de la pandilla de mi madre.
“Yo me puse a explicarle cómo llegar al garito, El Otro, y de repente me di cuenta que el hombre que le acompañaba, que estaba un poco alejado, era Ben Kingsley. Me quedé muy sorprendido, así que les dije que viniesen conmigo al Carteles, que era donde parábamos todos, a tomar una cerveza, y que luego iríamos a jugar al billar”, cuenta.
La expectación en el local, relata Hermida, fue mayúscula, con todos los clientes intentando sacarse fotos con el actor. Un par de cañas más tarde y ya con los ánimos más calmados, la comitiva de amigos al completo volvió a O Inferniño para continuar con la fiesta. “Lo llevé yo en mi coche, un Ford Fiesta rojo, de copiloto”, narra Begoña, explicando que el artista al principio era reticente a irse con ellos porque no los conocía de nada, pero que al final accedió “y pasamos todos una noche muy graciosa”.
“Estuvimos jugando al billar toda la noche”, rememora Eduardo. “Yo los acompañé luego de vuelta al Parador, que es donde se quedaban, y me hice muy amigo del otro personaje que venía, Didier, que era el peluquero personal de Sigourney Weaver. También me hice amiguete de Ben Kingsley, así que nos dieron a Begoña y a mí un pase para ver los rodajes”. A raíz de este encuentro, el artista ejerció de guía no oficial del actor, llevándolo en moto a conocer Ferrolterra cuando terminaban las sesiones de rodaje.
Un mes inolvidable
“Recuerdo que yo de aquella tenía una Yamaha ‘dos y medio’ y me iba a buscarlo y volvíamos los dos de Valdoviño. Le enseñaba algunos sitios, nos íbamos de cañas... Y alguna vez también nos tomamos una cerveza con Roman Polanski y con Nicola Pecorini, que era el director de ‘steadicam’ y del que también me hice amigo”, apunta el promotor de Las Meninas, confesando que durante ese mes los cuatro se corrieron “alguna que otra juerga” por su cuenta. “Los llevamos a Doniños, a Covas, a San Andrés de Teixido... vamos, por toda la comarca”.
En cuanto al rodaje, Hermida relata que le sorprendió mucho que la vivienda que aparece en la película únicamente era la parte frontal. “Era todo un decorado. Las escenas de interior se habían grabado antes en París y aquí habían montado la parte de enfrente de la casa frente a los acantilados de Meirás”.
Aquella primera noche, no obstante, no fue la única de “juerga” que se corrieron por las calles de la ciudad naval. Eduardo, por un lado, relata que volvieron en varias ocasiones a jugar al billar al Otro y que otra noche habían acabado en Micro, en el barrio de Ultramar, mientras que Begoña recuerda otra fiesta, en este caso sin Kingsley, en La Nave, en A Cabana. “Nos fuimos con Didier y con toda la ‘troupe’ en una furgoneta que tenían y nos lo pasamos fenomenal”.
Y así, el tiempo pasó y ese “mes inolvidable”, como lo define el artista ferrolano, llegó a su final. “Ahí quedó la cosa. Nos escribimos un par de veces más e incluso le mandé un vinilo de Miguel Bosé, que le gustaba mucho, pero después de dos o tres cartas, porque de aquella no había ni correos electrónicos ni nada, ya no supe de él ni lo volví a ver más”, concluye Hermida.
Llegados a este punto, es inevitable fantasear con la idea de que el intérprete que ganó su primer Oscar en 1983 interpretando a Gandhi volviese a Ferrol como invitado de honor en las Meninas de Canido, algo que a su promotor le haría especial ilusión. “La verdad es que me encantaría, pero no sé cómo sería posible contactar con él. Mira que escribo a mucha gente para que vengan, pero al final si tienen muchos seguidores es casi imposible que te lean”, lamenta.









