Las lavanderías hacen su “agosto” en Ferrol con las borrascas interminables del invierno
La imposibilidad de secar la ropa en casa ha provocado incluso colas en estos establecimientos

Si tender la ropa en el exterior en los meses de otoño e invierno es de por sí un “deporte de riesgo” en Ferrolterra, con el nivel de precipitaciones que se ha registrado desde el pasado mes de noviembre, la gesta se convierte en imposible. Pero no solo eso. Teniendo en cuenta que desde entonces ha llovido el 70% de los días, la humedad del ambiente —con récord planetario— complica también la tarea dentro de los propios hogares a no ser que junto al tendal se sitúen estratégicamente un radiador o un deshumidificador que acaben de “empantanar” la estancia.
Por todo ello, si para el común de los ferrolanos este mes de enero pasará a la historia como el que más días de lluvia ha acumulado en la última década —solamente no hubo que sacar el paraguas en las jornadas del 3, 4 y 12—, quienes regentan negocios de lavanderías en las comarcas lo recordarán como su particular “agosto” del invierno porque, tal y como confirman, han incrementado sustancialmente sus ganancias gracias al aguacero.
Más de una década
Fue en junio 2014 cuando en Ferrol se abrió la primera de las modernas lavanderías de autoservicio en la calle San Amaro, en Esteiro. Por aquel entonces, a la mayoría le parecía algo más propio de las películas americanas que de su día a día, pero pronto quedó más que demostrada su utilidad, sobre todo para lavar y secar edredones y otras ropas que no cabían en los bombos de los electrodomésticos caseros, pero tampoco necesitaban los cuidados delicados que se proporcionan en una tintorería.
La emprendedora Sandra Taibo había optado entonces por importar lo que en otras grandes ciudades españolas ya estaba triunfando, y hacerlo a través de la franquicia Lacolada que, en la actualidad, cuenta con cuatro centros en la urbe, tres en Narón y otros repartidos en Ares, Cedeira, Moeche y Pontedeume. Uno de ellos es el que Olga González regenta en el barrio de Canido y que ha registrado llamativas colas en las últimas semanas.
Ella abrió el negocio en 2016 y cuenta con dos lavadoras y sus correspondientes secadoras, máquinas que no han parado de funcionar desde que abre hasta que cierra. “Sí, la verdad es que está habiendo mucha gente”, confirma, analizando que “aunque no mucho, sí que es verdad que se está facturando algo más”.
Público heterogéneo
En su establecimiento, el único del barrio alto, confluyen vecinos y vecinas de toda la vida con nuevos habitantes y quienes vienen trayendo la ropa desde otros lugares, como las parroquias rurales. Unos y otros coinciden en que la proximidad de servicios como el banco, la farmacia o el supermercado les permite también aprovechar el tiempo de lavado para hacer la compra u otros recados.

En el caso de Andrea, una profesional de la Armada que está en Ferrol como alumna y “nunca me imaginé que podía llover tanto en un lugar”, explica que no había usado antes la lavandería, pero “no me quedó más remedio si quería tener el uniforme listo y seco a tiempo”. Junto a ella, esperando su turno, Miguel también lleva la faena a lavar allí porque “en casa no me seca”, asevera, al tiempo que el resto le dan la razón. “A mí ya no me quedaba ni ropa interior limpia”, concluye una señora, arrancando la carcajada general y haciendo la espera algo más amena a las casi diez personas que se juntaban allí.
Y es que parece que, salvando las distancias —y, sobre todo, el esfuerzo físico— la comunidad haya vuelto a juntarse en torno a una tarea como hacer la colada, como ocurría hace décadas con las mujeres en los ríos. No obstante, hay quien prefiere evitar las horas puntas y disfrutar de un buen libro mientras se limpia y seca su ropa sin tener que llevarse una desagradable sorpresa al recibir la factura de la electricidad al mes siguiente.
Ventajas
El ahorro es, precisamente, una de las ventajas de las lavanderías que enumera Ismael Prieto. Él, junto a su mujer Sara López, montó A Fervenza hace tres años, ubicada en la esquina de las calles Españoleto y Velázquez, en el barrio de Esteiro. “O programa máis curto que podes ter na casa é de dúas horas e nese tempo aquí podes lavar 40 kilos de roupa”, ejemplifica, añadiendo también el coste que conlleva el detergente, suavizante, quitamanchas, agua, el propio electrodoméstico y, de forma especial, el consumo.

“Nos pisos modernos, ademais, hai poucos que teñan tendal e tampouco podes sacala pola ventana”, añade, precisando que las secadoras domésticas tienen que estar funcionando “preto de dúas horas para deixar listas as prendas que collen no tambor dunha lavadora normal de seis ou oito quilos; iso é inviable porque ao final estás gastando moitísimo, por non dicir o propio custe da máquina e os seus arranxos”.
Para Ismael, las bondades de hacer la colada fuera de casa también pasan por “estar aforrando tempo porque mentres ti lavas e secas, tranquilamente podes ir facer a compra e tomarte un café. Nós estamos moi ben rodeados, con varios supermercados e cafeterías, temos un pouco de todo”, dice, y destaca asimismo “a calidade das máquinas: no noso caso son Electrolux, unha das mellores marcas do mercado, e traballan moi ben”.
Habiendo escogido la zona tras efectuar un estudio de mercado, los dueños de A Fervenza corroboran que se trata de un emplazamiento en el que la vecindad acude con normalidad a su lavandería, pero también se nota mucho la proximidad del campus universitario y, gracias a ello, de los pisos donde viven estudiantes, un colectivo que resalta junto a marineros y operarios como habitual entre su clientela.
Haciendo balance, reconoce que “desde setembro nótase un incremento en secadoras” todos los años; sin embargo, en esta ocasión ha ido creciendo en las últimas semanas gracias a las borrascas. “Cando vai mal tempo é moitísima a demanda”, reitera Ismael Prieto, aunque traslada que únicamente decae un poco en julio y agosto, meses de calor cuando la gente usa menos prendas y la ropa es mucho más ligera, así que las visitas a su lavandería se espacian más.

Eso sí, para compensar, durante esas fechas reciben clientela nueva que llega a hacer turismo a la ciudad, a quedarse cerca de las playas o incluso a recorrer el Camino de Santiago. Después, señala que hay otros picos de trabajo que también tienen que ver con las estaciones, porque se notan los famosos cambios de armario y del propio hogar, recibiendo en la primavera una buena tanda de edredones nórdicos que, después de haber cumplido con creces su misión de calentar las camas durante meses, se lavan y se secan antes de guardarse para cuando el frío vuelva a apretar por estas latitudes como lo está haciendo en este invierno interminable.













