La próxima resurrección del edificio desconocido que fue faro cultural para Carvalho, Torrente Ballester y Hildegart
Más allá de tener aspecto ruinoso, el número 138 de la calle Real conserva la memoria del Centro Obrero de Cultura y Beneficencia

Desde que la tienda de ropa Springfield bajó la persiana para abrir poco tiempo después, en 2015, un nuevo establecimiento en el centro comercial Odeón, el deterioro del 138 de la calle Real de Ferrol no ha dejado de crecer.
A fuerza de ver las humedades medrando en su fachada, los traseúntes ya han normalizado lo que para los visitantes es un impacto visual negativo en pleno centro de la ciudad. Sin embargo, turistas y ferrolanos sí coinciden en un extremo: ni unos ni otros saben que ese edificio fue un faro de conocimiento de 1928 hasta 1936, cuando funcionó allí el Centro Obrero de Cultura y Beneficencia.
Fernando Peña, uno de los responsables de la constructora O2N, que compró el inmueble, confiesa que él tampoco sabía que estaba adquiriendo un lugar con tanta historia. “Algo conocía, pero muy poco; también me dijeron que había sido una emisora de radio”, traslada, en referencia a la sintonía de la Falange que ocupó el espacio tras el golpe.
Sus cimientos, no obstante, se pusieron mucho tiempo antes, en el siglo XVIII, aunque fue en la década de los años treinta del siglo pasado cuando el conocido arquitecto Rodolfo Ucha se encargó de la rehabilitación para convertirlo en testimonio racionalista.
La Biblioteca Pública
Pero, más allá de los acercamientos a nivel arquitectónico que han abordado las peculiaridades del edificio, la publicación más significativa que ahondó en las raíces de la entidad que lo ocupó durante ocho años es “Unha biblioteca obreira: O ‘Centro Obrero de Cultura y Beneficencia’ de Ferrol 1911-1936” de Francisco Rafael Corrales Siodor y Eliseo Fernández Fernández, que fue merecedora del primer Premio de Investigación Histórica de la Fundación Luís Tilve en 1998.
“Antes de comezar o traballo sabiamos pouca cousa: que existira ata a Guerra Civil, que parte dos libros que estaban alí foron parar á Biblioteca Municipal... Mais non sabiamos nin que volumes había”, apunta Fernández antes de precisar que sí fueron capaces de recoger algunos testimonios que lo describían como “un sitio plural, que había xente de todas as tendencias ideolóxicas, e que colaboraban mesmo persoas de dereitas”. De ahí que su relevancia no se limitara a Ferrol, ni siquiera a Galicia, sino que logró incorporar a sus actividades y certámenes a científicos e intelectuales de toda la península.
“Non só era importante por ser a Biblioteca Pública de Ferrol nese momento” —valora el experto que, junto a Corrales, recoge en su trabajo que la primera experiencia en este sentido, promovida por el Concello, se fundó en 1877 y desapareció “pola desidia e a falta de vixiancia e coidado”, y la actual data de enero de 1942 y se fundó con los fondos de la del Centro Obrero que se salvaron de la quema, los robos y la censura—, “senón tamén para fóra porque, aparte de ter un gran volume de libros e que ía por alí Torrente Ballester, Rubia Barcia e toda a xente das súas xeracións, foi tamén un modelo copiado”, refiriéndose a que el de Ferrol dio lugar a la creación de experiencias como la del Centro Campesino de Cultura de Cobas y el Centro Obrero de Cultura del Seijo en 1913, entre otros.
Los famosos
Pero el autor de “La saga/fuga de J. B.” y el intelectual mugardés no son los únicos usuarios famosos del Centro Obrero de Cultura, donde además de ofrecer la posibilidad de tomar prestados o consultar, al menos, 5.300 libros, según el estudio de Corrales y Fernández, se ofrecían clases para menores de familias vulnerables en las “Escuelas Gratuitas”, se planificaban excursiones y visitas culturales, y se programaban conferencias, charlas, talleres e iniciativas tan variadas como la de promover la colocación de estatuas de Concepción Arenal en lugares como Madrid o el Día del Árbol de la mano del recordando Juan García Niebla, además de posicionarse políticamente y reivindicar aquello que consideraban justo en cada momento, como el envío de un telegrama en abril de 1934 denunciando malos tratos al obrero Mario Rico en los calabozos municipales.
Así, entre los ponentes que más han trascendido en el imaginario colectivo se encuentra Casares Quiroga, Juan Rof Codina, Jaime Quintanilla, Francisco Iglesias Brage o Felipe Bello Piñeiro, pero también otros nombres fundamentales de la cultura y la política como Castelao, Vicente Risco, Francisco Fernández del Riego o el ferrolano Carvalho Calero, que protagonizaron varias ponencias a lo largo de 1932.
Ortega y Gasset y Largo Caballero formaron parte del jurado de uno de sus certámenes científicos, mientras que la diputada Victoria Kent acudió a su llamada para estar en el homenaje a Concepción Arenal en el Jofre.
Además, entre las donaciones de libros que se han podido documentar en la investigación figuran firmas tan dispares como la de Wenceslao Fernández Florez, Ramón Cabanillas, Carmen de Burgos “Colombine”, Hildegart Rodríguez Carballeira o el mencionado Gonzalo Torrente Ballester, constando estos dos últimos como usuarios frecuentes de las instalaciones del Centro, que no pudo finalmente estrenar el local propio que empezaron a construir en el número 3 de la calle Real, donde el alcalde de entonces, Segundo Cotovad, puso la primera piedra el 6 de julio de 1935.
Lugar de Memoria
El Centro Obrero de Cultura recoge el cambio de rumbo de comienzos del siglo XX, cuando las clases trabajadoras, contando con el respaldo de los ilustrados y el republicanismo local, lideran una iniciativa cultural que hasta el momento siempre había sido capitaneada por la burguesía, como señalan Fernández y Corrales en su publicación, recordando que “instrucción e cultura” son los lemas que figuraban en las publicaciones de la institución progresista.
Fueron 25 años de historia, desde su fundación a finales de 1911 de mano de los obreros navales Emilio Ceniza, Saturnino Hermida, Fernando Campos y Ángel Seijido, colaborando con ellos intelectuales como Ricardo Neira y Santiago de la Iglesia, contador de la Armada y médico, respectivamente, que venían de fundar o estar en la directiva del Ateneo Ferrolán, entidad que le prestó su sede al Centro Obrero entre 1914 y 1916 tras su comienzo en Maestranza. Asimismo, celebraban actos en el teatro New England —hoy edificio de Correos— o en el Jofre.
La biblioteca tuvo una media de 790 socios entre 1928 y 1935, la mayoría estudiantes y trabajadores, y más hombres que mujeres
Su primer local propio fue en el segundo piso del 188 de la calle Canalejas, hoy Magdalena, al lado del Ateneo, y el definitivo, el del 138 de la calle Real, llamada por aquel entonces, en 1928, calle Sinforiano López. Allí se desarrollaron sus últimos ocho años de vida hasta el golpe militar, que tuvo como consecuencia la clausura de las instalaciones y la represión o el asesinato de muchos de sus directivos, como es el caso del del presidente Antonio García o los socios Matías Usero Torrente y Pedro Guimarey, fusilados en el verano de 1936.
Que sus dirigentes pagasen con su vida su compromiso y la importancia que cobró la institución durante sus años de funcionamiento, con una media anual de 790 socios de la Biblioteca entre 1928 y 1935 —la mayoría estudiantes y obreros—, parecen motivos suficientes como para que en un Lugar de Memoria Democrática como es Ferrol ya oficialmente —incluyendo el Centro como uno de los 22 puntos relevantes—, no se escatime en un recuerdo, aunque sea en forma de placa, que pueda ver todo aquel que pase al lado del edificio.
“Estaría moi ben porque foi moi significativo e non estaría de máis que houbera unha sinalización que lembrara o importante que foi para a xente ferrolá”, expresa Eliseo Fernández, que no ha dejado de seguirle la pista a esos libros “perdidos” del Centro que, en ocasiones, han aparecido en el Museo Naval.
Las obras seguirán en primavera, tras asegurar el inmueble
La constructora O2N, con sede en Sada, es la dueña del emblemático edificio. Planean en él un bajo destinado a comercio u hostelería de 146 metros cuadrados y tres viviendas de 156, 142 y 126 m2 en el caso del bajocubierta.
Las obras arrancaron el pasado mes de marzo, explica uno de sus responsables, Fernando Peña, pero tuvieron que paralizarse a la espera de un refuerzo estructural que tiene que ejecutar otra compañía.
En todo caso, prevén poder retomar las tareas en primavera. “No es fácil porque la cubierta está en muy mal estado y hay que ponerla nueva”, asegura, reconociendo que para ellos es un “reto” que no abordan con “prisa”.
Eso sí, admite que “cuando lo compramos, pensábamos que estaba mejor de lo que está”, pero el efecto del agua, las enfermedades de la madera y los años hicieron mella en esta construcción del XVIII que después reformó Ucha.

























