“Todos podemos dejar huella y, sin duda, la Pardo Bazán de As Pontes la dejó”
"Ahora, con esta reunión, tendremos la oportunidad de compartir y de ampliar todas esas vivencias"

Podía haber sido otro en sitio, sí, pero fue en la Pardo. En sus aulas fue la primera vez que escuché que podía dedicarme al periodismo. Me lo dijo Pilar, nuestra profesora de lengua, la misma que te quitaba 0,25 por cada falta en un examen y gracias a la que muchas de nosotras tenemos una grafía (casi) perfecta. El sonido de sus pulseras contra su mesa, contra nuestros pupitres, esos en los que dejabas media cabellera cuando te querías levantar, permanecerán conmigo, con nosotras, hasta que la memoria quiera. Mucho ADN se ha perdido entre esos escombros.
Sin más pruebas físicas que las que van a quedar en fotografías o las de esas personas que, escudadas en la noche o, por qué no, a plena luz del día, entraron en las ruinas de lo que una vez fue nuestra segunda casa para llevarse de recuerdo o trofeo, como quien adquiere un trozo del muro de Berlín, un pedazo de esos momentos. Quizá tengan un trozo de esa Aula Roja que cuando era pequeña me imaginaba con tapicería encarnada, cortinas de ese color, paredes o suelos de igual tonalidad –sobra decir que mi decepción fue mayúscula la primera vez que fui allí a hacer un examen y vi lo portentoso de mi imaginación–. Ese recinto situado en lo alto de la más alta torre y en donde comenzaba la ascensión, a veces más sencilla y otras muchas muy complicada, de nuestra vida. Toda una vida vivida en La Pardo. Desde párvulos hasta COU –añadir aquí nota a pie de página para los millenials– de abajo a arriba. De las clases de Mariluz –en donde tuve mis primeros encontronazos con la ansiedad al intentar hacer unas manualidades que, a día de hoy, siguen sin ser para mí– hasta las de Lydia, en las que podías descubrir que las ardillas ponían huevos.
Hallazgos que te sorprendían –como que Albino no era “ir a por el vino”, sino el conserje, algo que ya le tengo perdonado a mi niña de cinco años– y compartías entre risas con tus compañeras. Aprendizajes y grandes momentos que sabían a los bocadillos de chorizo, a las gominolas que vendías en el cuartucho de debajo de las escaleras para pagarte algo de la excursión de fin de curso –y donde también descubrí que ser empresaria tampoco se me daba muy bien, gominola vendida, gominola para la boca... y así no salían las cuentas– y bailes con tus compañeras en el recreo cuando te acordabas de llevar el radiocasete –posteriormente quien podía ya era moderna y tenía con CD–. Esos son, sin duda, los mejores momentos de La Pardo. Los vividos pasándote notas con tus amigas jugándote ser diana de un borrador o tiza maligna, los juegos a la goma en los que, personalmente, a veces ya no sabía ni cómo salir del lío en el que me había metido –spoiler de un futuro, aviso para más jóvenes, no tan lejano–.
Tengo la suerte de poder contar con muchos de esos nombres con los que compartí muchos años todavía a mi lado –y recordar traumas como por qué ya no como pollo o Fina judías verdes “gracias” a una gran excursión a Eurodisney–, por lo que aunque La Pardo ya no exista físicamente, sólo muere lo olvidado y en este caso, sin duda, no veré ese entierro del colegio que tenía a pocos metros de mi casa y al que, un día sí y otro también, llegaba tarde. No era personal, lo sigo haciendo a día de hoy.
Ahora, con esta reunión, y para refrescar mi muy mala memoria para anécdotas y nombres, tendremos la oportunidad de compartir, de ampliar todas estas vivencias, con personas que estuvieron ahí antes –por ejemplo, mi padre– y después. La verdad nunca pensé que La Pardo fuese a desaparecer, es un sentimiento de tristeza, nostalgia, un clásico “éche o que hai” y a tirar para delante. Podía haber sido otro sitio, pero fue La Pardo. Y aunque no todo fueron cosas buenas –cuando no existía el “bullying” y todo eran “bromas” y gracietas de la, no tan, infancia o cuando los chicos eran los que jugaban al fútbol y las chicas al baloncesto–, la mayoría valieron para algo, para crear escudos flexibles o puentes. Verla en ruinas dolía más que ver ahora un solar de escombros para lo que tiene que ocupar su lugar.
Todas vamos a acabar así. Dejando sitio a lo que venga. Nada ni nadie es imprescindible, pero todas podemos dejar huella. Y, sin duda, La Pardo, de uno u otro modo, la dejó.










