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En lo antiguo, marcaba fama y grandeza el regio panteón divino que iluminaba a las sociedades politeístas. Hoy, en esta España nuestra, monoteísta, social y de derecho, lo marca el Parque Móvil Ministerio. En él rugen los motores que ponen alas a la topoderosa y mastodóntica tropa de divinidades menores que pueblan la Administración General del Estado. Un Cuerpo sin cabeza, a la cabeza de un Estado, que avanza descabezado de cabezas hacia el abismo de la quiebra; esta también general y del Estado.

Como en el casino la ruleta, o en el revólver la soledad de la bala, en el perveso juego, el PMM da la medida de la desmedida de la quiebra y el suicidio que nos acecha en este juego de azar en que se resuelve nuestra organización social para un fin, honesto, gobernarnos. Solo que hemos elegido para ello no el buen criterio del gobernante sino el rebaño de los gobernantes y al grito de más vale que sobre que falte, como si fuesen ellos vianda y nosotros comensales. Y sin percatarnos de que en la disposición del festín hemos trocado los papeles y ahora son ellos, por muchos, a quienes les estamos faltando, sin que por ello les falte de donde nosotros alimentarse.

Una pandemia y una mala guerra asolan nuestras economías obligándonos más allá de donde pueden nuestras exhaustas arcas, mientras pagamos salarios a aquellos que sin pestañear de vergüenza gobiernan a golpe de ocurrencia y en concurrencia nuestra concurrida pobreza.