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En esto de atenderse y entenderse como compensación a los cuidados existenciales, se nos requiere hacer humanidad vinculante, o sea, familia para que a nadie le falte el calor y el afecto de una comunidad. Ponernos en camino no es fácil, es cierto, máxime si tenemos que convivir próximos al prójimo. Unos y otros somos muy diversos. De ahí la importancia de saber acercarnos a los demás, haciéndolo de corazón a corazón, ocupándonos y preocupándonos entre sí. Sin embargo, la realidad siempre se nos escapa de las manos y lo que prevalece es la mentalidad del descarte en vez de la cultura de la comunión entre análogos. Deberíamos, por tanto, repensar los itinerarios e innovar con la voluntad del cambio. Tanto es así, que innatamente somos agentes transformadores y la evolución debe comenzar por uno mismo. Sea como fuere, no podemos continuar en este vacío, que todo lo vicia y pervierte, tenemos que ser más responsables y desmembrarnos de estructuras depredadoras. El bienestar del individuo es razón suficiente para no quedarse con los brazos cruzados, aparte de que su impacto con el malestar nos debilita, ocasionando un estrés que nos agota emocional y corporalmente.

El aluvión de tensiones que a diario injertamos por todas nuestras moradas internas, nos están deshumanizando por completo. Dejemos de liar los bártulos en la confusión, de canjear la salud por la fortuna y la libertad por la prepotencia. En consecuencia, tampoco es digno de que guíen a otros seres aquellos que no son mejores que ellos. Considero que estamos enfermos, que la cura del mundo es más necesaria que nunca. Tampoco podemos dejar a un lado las débiles pulsaciones de nuestros semejantes. Cuidar de quien lo necesita es una riqueza humana que nos engrandece como linaje. Indudablemente, precisamos escucharnos, bajarnos del pedestal para hermanarnos y subir al horizonte que nos rodea para abrazarnos mutuamente, cuidando esta mansión planetaria que nos acoge sin pedirnos nada como canje, recogiendo también nuestras mundanidades. Desde luego, aquel que comercializa con la naturaleza termina aprovechándose de las personas y tratándolas como prisioneros. Sin duda, la mayor cárcel radica en nuestro propio mundo, donde todo se compra y se vende. Aprendamos, pues, a ser cantautores alegres, poetas de alma y vida. El que sabe vislumbrar e inspirarse en esa contemplativa, sabe respetar lo que le acompaña, y contribuir a embellecer los caminos de pulsos y pausas. Nuestra mejor vacuna será su compañía.